Francisco y Clara, leídos a través de los libros que sostuvieron la oración de los orígenes

El 31 de julio de 2026, el Museo de la Porciúncula presentará conjuntamente el breviario utilizado por san Francisco y el manuscrito litúrgico vinculado a santa Clara y a la primera comunidad de San Damián.

No será el reencuentro de dos libros separados durante siglos. Ambos pertenecen desde antiguo al ámbito de la custodia clariana. La novedad consiste en contemplarlos juntos, en la Porciúncula, como dos testimonios complementarios de la oración que dio forma a los primeros tiempos franciscanos.

La elección del lugar no es accidental. La Porciúncula está ligada al nacimiento de la fraternidad de Francisco, al comienzo de la vida consagrada de Clara y a los últimos días del santo. Presentar allí los dos códices permite volver al punto en el que sus itinerarios se cruzaron antes de desarrollarse de manera distinta: uno en la fraternidad de los menores; el otro, en la comunidad femenina de San Damián.

Los manuscritos permiten asomarse a una dimensión menos visible de aquella aventura evangélica. Detrás de los grandes episodios biográficos hubo una vida sostenida por salmos, lecturas, himnos, horas litúrgicas y libros abiertos cada día.

Un libro no escrito por Francisco, pero verdaderamente suyo

El llamado Breviarium sancti Francisci no es un autógrafo. Francisco no copió sus páginas. Su vinculación con el códice es de otra naturaleza: fue adquirido para la oración de la primera fraternidad, utilizado por el santo y sus compañeros, y leído en su presencia cuando la enfermedad le impedía recitar personalmente el Oficio.

Se trata de un códice compuesto que reúne un breviario, un salterio y un evangeliario. Su núcleo principal conserva una forma antigua del breviario de la Curia romana, anterior a algunas de las transformaciones que experimentaría la liturgia durante el siglo XIII.

La presencia de lecturas procedentes de sermones de Inocencio III permite situarlo en un momento temprano de esa evolución. Por ello, su importancia excede la historia franciscana: el manuscrito es también una fuente para conocer la formación de los breviarios romanos medievales y la difusión de la liturgia de la Curia.

La prueba decisiva de su relación con Francisco se encuentra en una anotación de fray León. El compañero del santo recuerda que Francisco procuró aquel libro para la oración de los hermanos y que, mientras tuvo salud, quiso recitar el Oficio conforme a la Regla. Cuando ya no pudo hacerlo por sí mismo, pidió que se lo leyeran.

La escena ilumina los últimos años de Francisco. El predicador de los caminos aparece ahora debilitado y dependiente de la voz de otro. Ya no puede sostener el libro ni seguir el ritmo de la recitación, pero conserva el deseo de escuchar.

En ese detalle se revela una forma radical de pobreza: recibir la oración de labios de un hermano.

Francisco, formado por la liturgia

El códice obliga a matizar una imagen demasiado espontánea de la espiritualidad franciscana. Francisco compuso oraciones y alabanzas propias, pero su mundo interior no nació únicamente de la inspiración personal. También fue modelado por la oración de la Iglesia.

Los salmos, las antífonas, las lecturas bíblicas y los textos patrísticos proporcionaron palabras, imágenes y ritmos a su experiencia religiosa. La Regla bulada de 1223 dispuso que los frailes clérigos celebraran el Oficio según el uso de la Iglesia romana. El breviario demuestra que esa prescripción tuvo una traducción concreta: hicieron falta libros, lectores y tiempos comunes de oración.

El evangeliario incorporado al volumen cumplía una función igualmente precisa. Cuando Francisco no podía participar en la misa, quería escuchar el evangelio del día. La Palabra no era para él un elemento decorativo de la vida religiosa, sino el lugar desde el que debía ser interpretada la existencia.

También la materialidad del libro adquiría valor espiritual. Pergamino, tinta y escritura estaban al servicio de una voz recibida. De ahí la preocupación de Francisco por recoger y conservar con dignidad las palabras y los nombres del Señor allí donde pudieran encontrarse abandonados.

El códice no era un objeto de prestigio. Era un instrumento para escuchar.

De los compañeros de Francisco a las hermanas

Tras la muerte de Clara, fray León y fray Ángel confiaron el manuscrito a sor Benedetta, su sucesora al frente de la comunidad. La dedicatoria conservada en el volumen testimonia esa entrega.

El libro utilizado por Francisco quedó así bajo la custodia de las hermanas. Durante un tiempo continuó desempeñando una función litúrgica y, más tarde, fue preservado como reliquia. En el siglo XVII su cubierta recibió ornamentaciones de plata con las figuras de Francisco y Clara.

Su transmisión forma parte de su significado. Los primeros compañeros conservaron la memoria de su uso; las clarisas aseguraron su supervivencia material.

El códice de Francisco llegó hasta nosotros gracias a una historia compartida entre hermanos y hermanas.

El breviario relacionado con santa Clara

El segundo manuscrito exige una cautela mayor. La tradición lo denomina breviario de santa Clara, pero esa identificación no debe confundirse automáticamente con una autografía completa.

En paleografía, atribuir un manuscrito a una persona puede aludir a su propiedad, su uso, su procedencia o su relación con una comunidad. No implica necesariamente que todos sus folios fueran copiados por una sola mano.

El códice vinculado a Clara es un volumen complejo, formado por distintas secciones y por la intervención de varios copistas. Su datación y su contenido lo sitúan en el entorno de la primera comunidad de San Damián. Además, algunas de sus fórmulas fueron adaptadas a una comunidad femenina.

Esta característica es fundamental. El manuscrito no solo remite a Clara como figura individual, sino que documenta la oración de un grupo de mujeres que estaba definiendo su propia forma de vida.

Un libro para la comunidad de San Damián

El volumen contiene textos para la Liturgia de las Horas y para la misa, salmos, himnos, oficios de los santos y otros materiales necesarios para la celebración común. La presencia de notación musical permite estudiar no solo lo que las hermanas leían, sino también lo que cantaban.

San Damián aparece así como una comunidad litúrgicamente organizada. Su vida no se sostenía únicamente en el recuerdo de Francisco ni en una espiritualidad privada. Estaba estructurada por un calendario, unos tiempos de oración y unos textos compartidos.

Las adaptaciones gramaticales al género femenino muestran que la liturgia recibida fue acomodada a la realidad concreta de las hermanas. No se trató de una reproducción mecánica de los libros utilizados por los frailes, sino de su incorporación a una experiencia religiosa distinta.

El códice conserva asimismo materiales relacionados con Francisco y con la primera fraternidad. Esa presencia confirma que las hermanas comprendían su vocación dentro del mismo acontecimiento evangélico, aunque no como una simple prolongación de la comunidad masculina.

Clara y la cultura escrita

La existencia de este breviario ayuda a leer de otra manera los escritos de Clara. Sus cartas y su Regla están llenas de resonancias bíblicas y litúrgicas. Su lenguaje sobre Cristo, la pobreza, la humildad, el espejo y la contemplación no surgió al margen de una tradición textual. Clara escuchó los salmos, participó en el ciclo del año litúrgico y recibió una lengua que la Iglesia llevaba siglos rezando. Su originalidad consistió en interiorizarla y convertirla en expresión propia.

El manuscrito muestra también que la cultura religiosa femenina del siglo XIII no puede reducirse a experiencias extraordinarias o a formas de devoción privada. En San Damián hubo lectura, canto, libros, memoria y transmisión. Hubo una inteligencia espiritual alimentada por la liturgia.

Dos códices, dos tipos de testimonio

Los dos manuscritos no son equivalentes. El breviario de Francisco posee una relación biográfica directa con el santo. La nota de fray León documenta su uso y permite reconstruir el lugar que ocupó en sus últimos años. El breviario relacionado con Clara ofrece principalmente el testimonio de una comunidad. Su valor reside en su vinculación con la santa, pero también en su capacidad para mostrar la organización litúrgica de San Damián.

Uno permite imaginar a Francisco escuchando el Oficio cuando ya no podía recitarlo. El otro permite reconstruir a las hermanas celebrándolo juntas. Uno conserva la memoria de un uso personal. El otro documenta una práctica coral. Presentarlos conjuntamente no borra estas diferencias. Las vuelve más visibles.

El carisma necesitó libros

Ambos códices obligan a revisar uno de los tópicos más persistentes sobre los orígenes franciscanos: la idea de que el primer movimiento fue una experiencia puramente espontánea, sostenida solo por la intuición y el entusiasmo.

La escucha radical del Evangelio necesitó muy pronto una organización concreta. Fue necesario ordenar el tiempo, formar a los miembros de las comunidades, conservar textos y transmitir una memoria. El carisma necesitó libros. La afirmación puede parecer paradójica en una fraternidad que había abrazado la pobreza. Los códices eran objetos costosos. Requerían pergamino, tinta, copistas y conocimientos especializados. Pero su valor no residía en la posesión, sino en el servicio que prestaban.

Permitían proclamar la Palabra, celebrar el Oficio y compartir una misma oración. La pobreza franciscana no implicó desprecio por la cultura escrita. Exigió ponerla al servicio del Evangelio.

Una memoria anterior a las divisiones

La presentación conjunta de los breviarios posee también un significado para la familia franciscana actual. La experiencia de Francisco, Clara y los primeros compañeros es anterior a las divisiones históricas de la Primera Orden. Ninguna obediencia puede reclamar esa memoria como patrimonio exclusivo.

La Porciúncula confiada a los Frailes Menores, la basílica de San Francisco custodiada por los Frailes Menores Conventuales, los lugares atendidos por los Capuchinos, la extensa familia franciscana y los monasterios de clarisas forman parte de una misma geografía espiritual.

Desde la tradición conventual, contemplar estos códices significa reconocer una historia común. Los libros pertenecen a un tiempo en el que la fraternidad franciscana todavía no había adoptado las formas institucionales posteriores. Su valor no reside en confirmar identidades separadas, sino en recordar un origen compartido.

Dos libros leídos uno a la luz del otro

No es necesario imaginar un reencuentro después de ocho siglos. Los manuscritos han permanecido vinculados a una misma memoria clariana. La importancia de su presentación en la Porciúncula es más precisa: por primera vez pueden ser contemplados juntos y leídos como testimonios complementarios. Uno habla de Francisco y de sus compañeros. El otro, de Clara y de las hermanas de San Damián.

Ambos hablan de la liturgia que dio palabras, ritmo y continuidad a la experiencia franciscana. Quien se acerque a ellos verá pergaminos, escrituras, decoraciones y huellas de uso. Pero verá también los restos materiales de una práctica viva.

Alguna vez estos libros fueron abiertos al comenzar una hora litúrgica. Alguien buscó un salmo. Una voz leyó mientras otros escuchaban. Un canto ocupó una pequeña iglesia. Un fraile enfermo pidió que siguieran rezando. Unas hermanas conservaron lo que los primeros compañeros habían puesto en sus manos.

Los códices sobrevivieron porque dejaron de ser simples libros. Se convirtieron en memoria.

Y todavía hoy recuerdan que las grandes vocaciones no se sostienen únicamente en los momentos extraordinarios, sino también en la fidelidad cotidiana de abrir un libro, recibir una palabra y dejar que esa palabra vuelva a ordenar la vida.

Bibliografía esencial

  • Messa, Pietro, Breviarium sancti Francisci. Un manoscritto tra liturgia e santità. Libreria Editrice Vaticana, 2021.
  • Maiarelli, Andrea; Messa, Pietro, «Le fonti liturgiche degli scritti di Chiara d’Assisi e il Breviarium sanctae Clarae», en Clara claris praeclara. Edizioni Porziuncola, 2004, pp. 97-145.
  • Messa, Pietro, «Un testimone dell’evoluzione liturgica della fraternitas francescana primitiva: il Breviarium sancti Francisci», en Revirescunt chartae, codices, documenta, textus. Roma, 2002, pp. 5-141.
  • Fray León de Asís, «Nota al Breviario de san Francisco», en Fonti Francescane, n.º 2696.
  • Francisco de Asís, Regla bulada y Testamento, en Fonti Francescane.
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