Mucho antes del Cántico de las criaturas, antes incluso de que los estigmas marcaran su cuerpo, san Francisco escribió una obra que revela quizá mejor que ninguna otra el centro de su experiencia espiritual. No fue una regla, ni una carta, ni una exhortación. Fue una liturgia. El Oficio de la Pasión constituye una de las composiciones más originales de la Edad Media y, paradójicamente, una de las menos conocidas incluso entre quienes se consideran herederos del carisma franciscano.

 

Cuando se habla de los escritos de san Francisco suelen mencionarse el Cántico de las criaturas, la Regla, el Testamento o las Admoniciones. Sin embargo, el escrito más extenso salido de su pluma no pertenece a ninguno de esos géneros. Es el Oficio de la Pasión del Señor, una composición destinada a acompañar la oración diaria de los hermanos y a introducirlos, hora tras hora, en el misterio de Cristo.

Los manuscritos antiguos lo presentan con una indicación reveladora:

«Comienzan los salmos que dispuso nuestro bienaventurado padre Francisco para reverencia, memoria y alabanza de la Pasión del Señor.»

La expresión «dispuso» resulta especialmente significativa. Francisco no escribió salmos nuevos desde cero. Su trabajo consistió en seleccionar, reorganizar y entrelazar versículos bíblicos —principalmente del Salterio— con antífonas y doxologías, construyendo un verdadero itinerario espiritual. El resultado no es una simple recopilación de textos, sino una arquitectura teológica cuidadosamente pensada.

Durante siglos algunos investigadores consideraron esta obra una mera adaptación litúrgica. Hoy existe un consenso mucho mayor: el Oficio representa una creación profundamente personal, fruto de una lectura contemplativa de la Escritura y de una experiencia espiritual extraordinariamente madura.

Una liturgia nacida desde la vida:

En el siglo XIII la liturgia pertenecía principalmente al ámbito del clero y de los monasterios. Los libros litúrgicos eran costosos, complejos y requerían una formación específica.

Francisco, que nunca fue un teólogo académico, conocía la liturgia porque la rezaba diariamente con sus hermanos. Pero su relación con ella nunca fue puramente ritual.

La oración de Francisco siempre nace de una experiencia concreta.

Cuando contempla el crucifijo de San Damián.

Cuando abraza al leproso.

Cuando escucha el Evangelio en la Porciúncula.

Cuando atraviesa enfermedades.

Cuando experimenta el fracaso.

Todo termina convirtiéndose en oración.

El Oficio de la Pasión constituye precisamente esa transformación: la vida convertida en liturgia.

No busca explicar la Pasión de Cristo.

Busca permanecer dentro de ella.

Por eso el protagonista cambia constantemente. En ocasiones habla Cristo mismo. En otros momentos habla el creyente perseguido. A veces es la Iglesia quien toma la palabra. En otras ocasiones toda la creación participa en la alabanza.

Francisco consigue algo extraordinario: hace que quien reza entre en la escena.

No contempla la Pasión desde fuera.

La vive desde dentro.

Una sorprendente creatividad bíblica:

Uno de los mayores méritos literarios del Oficio consiste en su forma de utilizar la Escritura.

Francisco conoce profundamente los Salmos.

Pero no los cita de manera mecánica.

Los recompone.

Une versículos alejados entre sí.

Los reorganiza.

Introduce fragmentos evangélicos.

Añade pequeñas transiciones.

Todo ello sin alterar nunca el sentido profundo de la Palabra.

El primer salmo comienza con el lamento del justo perseguido:

«Oh Dios, te conté mi vida… Todos mis enemigos tramaban males contra mí… Me devolvieron mal por bien y odio por mi amor.»

La voz parece pertenecer al salmista.

Pero inmediatamente el lector comprende que esas palabras describen perfectamente la Pasión de Cristo.

A continuación aparecen invocaciones tomadas del Evangelio de san Juan:

«Padre santo mío…»

El resultado es una lectura cristológica completa del Antiguo Testamento.

No se trata de una interpretación intelectual.

Es una contemplación.

Francisco lee toda la Escritura desde Cristo crucificado.

El Cristo que reza:

Existe un rasgo que diferencia profundamente el Oficio franciscano de otras devociones medievales.

Francisco no contempla únicamente a Cristo sufriendo.

Contempla a Cristo orando.

Mientras muchos textos espirituales del siglo XIII concentran su atención en los tormentos físicos de Jesús, Francisco dirige la mirada hacia la relación filial entre el Hijo y el Padre.

La Pasión aparece como el momento supremo de confianza.

No domina el dramatismo.

Domina el abandono.

Esta perspectiva anticipa una intuición que siglos después desarrollará ampliamente la teología espiritual: el sufrimiento cristiano sólo puede comprenderse desde la comunión con el Padre.

Una espiritualidad profundamente trinitaria:

Con frecuencia se identifica la espiritualidad franciscana exclusivamente con la pobreza.

Sin embargo, basta leer el Oficio para descubrir otra realidad.

Todo comienza y termina en Dios.

El Padre aparece continuamente como origen de toda salvación.

El Hijo realiza la obediencia perfecta.

El Espíritu Santo sostiene la oración de la Iglesia.

La conocida oración que concluye otros escritos franciscanos refleja perfectamente esta perspectiva:

«Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios… concédenos seguir las huellas de tu amado Hijo…»

No es casualidad.

Toda la experiencia espiritual de Francisco posee una estructura profundamente trinitaria.

La pobreza, la fraternidad o la misión sólo pueden entenderse desde esa relación con Dios.

La Pasión como escuela de fraternidad:

Existe otro aspecto menos estudiado del Oficio.

Su dimensión comunitaria.

Francisco nunca escribió para una espiritualidad individualista.

El Oficio debía rezarse dentro de una fraternidad.

Los hermanos compartían las mismas horas.

Los mismos salmos.

La misma memoria de Cristo.

La Pasión no conducía al aislamiento.

Conducía a la comunión.

No resulta extraño que la Orden siga considerando el Oficio una de las grandes fuentes de su identidad espiritual. Las actuales Constituciones lo citan expresamente entre las principales fuentes franciscanas, junto con la Regla, las Admoniciones, el Testamento o el Cántico de las criaturas.

Del Viernes Santo a todos los días del año

Otra originalidad del Oficio consiste en su estructura temporal.

Comienza en las Completas del Viernes Santo, recordando la noche del prendimiento de Jesús, y propone salmos específicos para las distintas horas litúrgicas.

Con ello Francisco rompe una tentación frecuente.

La Pasión no pertenece únicamente a la Semana Santa.

Pertenece a cada jornada.

Cada amanecer recuerda la Resurrección.

Cada noche vuelve a la entrega del Calvario.

La existencia cristiana queda así insertada en el ritmo mismo del misterio pascual.

El gran hilo conductor de toda la espiritualidad franciscana:

Resulta significativo comprobar cómo muchas de las intuiciones que aparecerán posteriormente en el Cántico de las criaturas ya están presentes aquí.

La fraternidad universal.

La humildad de Cristo.

La alegría.

La alabanza.

La Encarnación.

La cruz.

Todo converge.

No son temas independientes.

Forman una única visión del mundo.

El documento preparatorio del Centenario Franciscano recuerda precisamente que el misterio de Greccio sólo puede comprenderse unido al Oficio de la Pasión, porque ambos nacen de la misma contemplación del Cristo que se abaja por amor.

Belén y el Calvario no aparecen como episodios separados.

Son dos manifestaciones de una misma lógica divina.

Dios desciende.

Y precisamente por descender salva.

¿Por qué sigue siendo actual?:

En una época marcada por la rapidez, el ruido y la fragmentación de la atención, el Oficio de la Pasión ofrece una pedagogía sorprendentemente contemporánea.

No propone acumular ideas.

Invita a permanecer.

No explica el dolor.

Enseña a atravesarlo.

No responde todas las preguntas.

Forma una mirada.

Quizá ahí reside su actualidad.

Francisco comprendió que la fe no se transmite únicamente mediante doctrinas.

También mediante un modo de rezar.

Y quien aprende a orar con Cristo termina aprendiendo a mirar el mundo con sus mismos ojos.

Ocho siglos después, el Oficio continúa siendo uno de los mayores tesoros de la tradición franciscana. No sólo porque sea una obra literaria excepcional, sino porque conserva intacta la intuición que dio origen a toda la experiencia del Poverello: la transformación del Evangelio en vida y de la vida en oración.

Bibliografía:

Fuentes primarias

  • San Francisco de Asís. Escritos completos. Ediciones Franciscanas / Fontes Franciscani. Especialmente: Oficio de la Pasión del Señor, Carta a toda la Orden, Admoniciones, Testamento.
  • Tomás de Celano. Vita Prima y Vita Secunda.
  • San Buenaventura. Legenda Maior.
  • *Scripta Leonis, Rufini et Angeli sociorum S. Francisci (Quaracchi).

Estudios especializados

  • Kajetan Esser, OFM. Opuscula Sancti Patris Francisci Assisiensis.
  • Regis J. Armstrong, OFM Cap.; J. A. Wayne Hellmann, OFM Conv.; William J. Short, OFM. Francis of Assisi: Early Documents.
  • Ignacio Omaechevarría, OFM Conv. El Oficio de la Pasión. San Francisco y su herencia litúrgica.
  • Pietro Messa. Estudios sobre la liturgia franciscana medieval.
  • Raoul Manselli. San Francesco d’Assisi.
  • Jacques Dalarun. Estudios sobre la espiritualidad de los primeros franciscanos.
  • Fonti Francescane. Edizione critica, Editrici Francescane, Asís.
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