San Francisco fue un evangelio viviente.
San Francisco fue un evangelio viviente. Toda su vida fue un seguir las huellas de Cristo. En este 8º centenario de su muerte repasamos cómo tan preclaro seguidor de Cristo vivió la hermana muerte corporal, porque también su muerte nos habla de la Vida.
Sabemos que «desde joven, fue de constitución delicada y frágil, y en el mundo no podía vivir sino rodeado de cuidados» (LP 50f). Además, su salud quedó minada por primera vez en 1203/1204, durante su reclusión en la cárcel de Perusa. Alrededor de 1215, sufrió en España un total desfallecimiento de sus fuerzas físicas. Cinco años después padeció de terribles «fiebres cuartanas» (cf. LP 80); y, al menos desde 1225, presentaba el cuadro clínico de una malaria cronificada en sus efectos: lesiones permanentes de los órganos internos en los que anidan establemente los parásitos…, hinchazón del bazo y del hígado, anemia galopante, progresivo adelgazamiento, desazón, hinchazones, etc. En 1219/1220, dice la Leyenda de Perusa acerca del origen de su «conjuntivitis tracomatosa»: «Y, cuando marchó a ultramar para predicar al sultán de Babilonia y Egipto, contrajo una grave enfermedad de la vista a consecuencia de lo que sufrió por la fatiga del viaje, en el que, tanto de ida como de vuelta, tuvo que soportar grandes calores» (LP 77). Esta enfermedad de origen vírico produce excesiva secreción lacrimal, progresivas complicaciones de la córnea, fotofobia y alteraciones de la vista.
Precisamente durante un violento ataque oftálmico, sufrido en San Damián cuando quiso despedirse de santa Clara y sus hermanas, Francisco dictó las ocho primeras estrofas del Cántico de las criaturas, y la preciosa “Exhortación cantada a Clara y sus Hermanas”, que estaban tan afligidas por el deplorable estado de salud del santo: “Audite, poverelle, dal Signor vocate”. Con poco más que buena intención, en el otoño de 1225, le sometieron, en Fontecolombo, a una cauterización desde la oreja a la sobreceja. Un año después fue trasladado desde Siena y Le Celle de Cortona a la Porciúncula, y desde Bagnaia, cerca de Nocera, al palacio episcopal de Asís, en un pésimo estado de salud.
Una semana antes de su fallecimiento, el médico que le atendía le confirmo que su final era inminente. Entonces, «el bienaventurado Francisco, que yacía enfermo, extendió los brazos y levantó sus manos hacia el cielo con gran devoción y reverencia y exclamó con gozo inmenso interior y exterior: «Bienvenida sea mi hermana la muerte»» (LP 100d). Luego pidió «que cuanto antes lo trasladaran a Santa María de la Porciúncula, pues deseaba entregar su alma a Dios donde conoció claramente por primera vez el camino de la verdad» (1 Cel 108). «Al pasar junto al hospital, pidió a los que lo llevaban que dejaran la camilla en el suelo; y como, a consecuencia de la gravísima y larga enfermedad de los ojos, apenas podía ver, pidió que le giraran la camilla de suerte que quedara con el rostro vuelto a la ciudad de Asís» (LP 56). Y, desde allí, bendijo por última vez a la ciudad que le vio nacer.
Estando ya en Santa María de los Ángeles...
Estando ya en Santa María de los Ángeles, Francisco «se vio tan fuertemente atacado por los dolores de las enfermedades, que le era casi imposible descansar y dormir» (LP 22a). Seguramente fue el viernes 25 de septiembre de 1226, cuando bendijo a todos los hermanos presentes, considerándolos representantes de toda la Orden. Y, creyendo que era jueves, quizás por haber perdido el sentido del tiempo, dada la gravedad de su estado de salud, pidió que le leyeran el evangelio del lavatorio de los pies (Jn 13,1-15: 2 Cel 217). «Luego mandó traer panes y los bendijo. Como, a causa de la enfermedad, no podía partirlos, hizo que un hermano los partiera en muchos trozos; y, tomando de ellos, entregó a cada uno de los hermanos su trozo, ordenándoles que lo comieran entero» (LP 22b).
Entre el sábado 26 de septiembre y el 3 de octubre llegó a Santa María de los Ángeles la noble señora Jacoba Frangipane de Settesoli, de la familia de los Normanni, para saludar por última vez a su gran amigo moribundo. Llevó consigo «almendras, azúcar o miel y otros ingredientes», para prepararle «el manjar que el santo Padre había deseado. Pero él comió poco, porque su cuerpo iba desfalleciendo cada día más a causa de su gravísima enfermedad y acercándose a la muerte» (LP 8f). Francisco dijo: «este pastel le gustaría al hermano Bernardo», e inmediatamente lo hizo llamar a su cabecera. Cuando llegó, Bernardo pidió al Santo una bendición especial y un signo de afecto. «El bienaventurado Francisco no podía verle, pues hacía muchos días que había perdido la vista. Extendió la mano derecha y la puso sobre la cabeza del hermano Gil, que fue el tercer hermano y se encontraba entonces sentado junto al hermano Bernardo, creyendo que la ponía sobre la cabeza de éste. Mas al palpar, como hacen los ciegos, la cabeza del hermano Gil, reconoció su error por virtud del Espíritu Santo, y le dijo: «Esta no es la cabeza de mi hermano Bernardo». Entonces éste se acercó más al bienaventurado Francisco, quien posó las manos sobre su cabeza y le bendijo» (LP 12b-d). Y «los pocos días que faltaban para su tránsito los empleó en la alabanza, animando a sus amadísimos compañeros a alabar con él a Cristo» (2 Cel 217b).
En cuanto a la situación clínica de los últimos días, no parece excesivo el breve resumen escrito por el biógrafo: «No había quedado en él miembro que no sufriera intensamente; y, perdiendo poco a poco el calor natural, día a día se iba avecinando hacia el final. Los médicos se quedaban estupefactos y los hermanos maravillados de cómo un espíritu podía vivir en carne tan muerta, pues, consumida la carne, le restaba sólo la piel adherida a los huesos» (1 Cel 107b).
Francisco, llagado y enfermo, está llegando al culmen de su camino terrenal, reconciliado consigo mismo, con Dios y con los hermanos. Verdadero testigo de la paz y el bien, frutos de encuentro vivo y verdadero con el Amor. Y por eso cada herida, cada dolencia, aceptada con amor, se han convertido en instrumento de gracia. Siguiendo hasta el final a Cristo crucificado, también las heridas del creyente se transfiguran en heridas de salvación y signo de resurrección.
Uno de los últimos días de su itinerario terreno
San Francisco, uno de los últimos días de su itinerario terreno, «hizo que le pusieran desnudo» sobre un cilicio en forma de cruz. «Puesto así en tierra, despojado de la túnica de saco, volvió, según la costumbre, el rostro al cielo y, todo concentrado en aquella gloria, ocultó con la mano izquierda la llaga del costado derecho para que no se viera. Y dijo a los hermanos: «He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra»» (2 Cel 214b).
Los biógrafos silencian que Francisco recibió el Viático y la Unción de los enfermos, pero no podemos olvidar que san Francisco tenía una devoción tan ardiente al sacramento del Cuerpo de Cristo, que hablaba de él en casi todas sus cartas, por lo que es justo pensar con qué honda devoción recibió estos dos últimos sacramentos.
El biógrafo afirma que «recibió la muerte cantando» (2 Cel 214a). De hecho, poco antes de su nacimiento para el cielo, llamó a fray León y a fray Ángel Tancredi para que, «espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la hermana muerte que se avecinaba». Después, el mismo Francisco «entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: «Voce mea… Con mi voz clamé al Señor, con mi voz imploré piedad del Señor»» (1 Cel 109b).
Al anochecer del sábado 3 de octubre, a pesar de haber ya obscurecido, las alondras seguían revoloteando alrededor de la cabaña donde Francisco yacía moribundo. A los presentes les pareció la señal de que había llegado el momento. Le faltaban dos o tres meses para cumplir 45 años. Había seguido al Señor durante más de 20 y los dos últimos los vivió crucificado y gravemente enfermo. Todos quedaban consolados con la seguridad de saber que su alma subía al corazón de Dios.
Después de permanecer desnudo en el suelo algún tiempo su cuerpo fue lavado y amortajado. A fray León le parecía un crucificado bajado de la cruz. Sus miembros, antes rígidos como los de un cadáver, se volvieron blandos y flexibles como los de un niño. La primera de los seglares en atreverse a desvelar el misterio de los estigmas fue Jacoba, que no dejaba de abrazar su cuerpo y de besar sus cinco llagas. El domingo 4 de octubre, religiosos y seglares pasaron la noche en vela, entre cánticos y alabanzas, a la luz de las antorchas. A la mañana siguiente, por temor a que los perusinos, enemigos de los asisanos, pudieran robar tan preciosa reliquia, trasladaron su cuerpo a la iglesia de San Jorge, en Asís. Todos llevaban cirios encendidos y ramos de olivo en las manos y cantaban al son de trompetas.
El cortejo fúnebre dio un rodeo por San Damián, para que Clara y sus hermanas pudiesen dar su último saludo a Francisco. Para la ocasión quitaron la reja de la clausura por la que solían recibir la comunión y algunos hermanos sostuvieron en brazos el cuerpo del Santo para que pudiesen contemplarlo por última vez. La descripción que Celano nos ha dejado del llanto de aquellas pobres reclusas es, sin duda, una de las páginas más emotivas e intensas de la literatura medieval. Una tras otra, tratando de contener sus emociones, pudieron besar sus manos llagadas, mientras fuera todos compartían su dolor.
La elección de la iglesia de san Jorge...
La elección de la iglesia de san Jorge para custodiar los restos mortales del santo (actualmente dentro de la Basílica de Santa Clara) no podía ser más acertada: aquella iglesia había sido la parroquia y la escuela de Francisco, y allí predicó por primera vez, después de la aprobación de la Regla. Su cuerpo fue depositado en un rústico sarcófago de piedra, protegido por una sólida jaula de hierro y una caja de madera. Allí permaneció durante cuatro años, mientras se construía una nueva iglesia para la sepultura definitiva. Dos frailes se instalaron en el anejo hospicio para pobres de los canónigos, para custodiar permanentemente el sepulcro. Fueron incontables los milagros que el Señor realizó durante esos cuatro años, por intercesión del Santo.
Poco después fray Elías envió una carta circular a toda la Orden, comunicando a los hermanos su desaparición, asegurándoles su bendición y perdón, describiéndoles el prodigio de los estigmas y pidiéndoles que rezaran por él las oraciones reglamentarias por los difuntos. Asimismo, convocaba a los ministros provinciales y vicarios al próximo capítulo de Pentecostés, para la elección de un nuevo ministro general. El 30 de mayo de 1227 el capítulo de Pentecostés elegía sucesor de Francisco a fray Juan Parenti, que había sido ministro de la provincia de España y Portugal durante 8 años. Poco antes, el 18 de marzo, al Papa Honorio III le sucedió el anciano cardenal Hugolino, obispo de Ostia, íntimo amigo de Francisco y protector de la Orden desde hacía diez años. Con el nombre de Gregorio IX rigió los destinos de la Iglesia hasta su muerte en Roma, el 22 de agosto de 1241. Pues bien, el 16 de julio de 1228, menos de dos años después de la muerte del santo, el papa Gregorio IX canonizó a San Francisco en Asís.
San Francisco había acogido a la hermana muerte cantando, en medio de un estado de salud más que precario, porque había entendido profundamente en la fe que la muerte es el fin que permite entrar en la comunión plena con Dios y reinar así con Él por toda la eternidad. La celebración de estos 800 años de la Pascua de san Francisco nos alienta a vivir amando a Cristo como lo amó él, con la sabiduría de la pobreza, la libertad de la obediencia y la pureza de la castidad. Sólo se puede vivir así cuando se descubre la corona que espera a los que viven y mueren con Cristo y como Cristo.
En su primer escrito a las clarisas san Francisco les insistía en que su forma de vida consistía en seguir la vida y la pobreza de Jesucristo y la de la Virgen María, estando por ello destinadas a ser reinas coronadas en el cielo con la «Señora Santa Reina», la Virgen María. Esa es la gran esperanza, el motor de todo cristiano: participar de la plenitud de la vida en Dios, en la cual María nos ha precedido, recorriendo en este mundo su mismo camino: el de la obediencia, la pobreza, el servicio. Y, en su último escrito, del invierno de 1225, les decía también a las clarisas: “vivid siempre en la verdad y en la obediencia morid”. Así vivió y murió él. Amén, aleluya.
Por Fray Gonzalo Fernández












