Del Evangelio de san Juan 8, 21-30. Adaptación.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Yo me voy y me buscaréis. Pero donde yo voy no podéis venir vosotros. Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo».

Ellos le decían: «¿Quién eres tú?».

Jesús les contestó: «Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».

Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús: «No hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».

Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Señor, ¡Cuántas veces somos igual que los judíos del evangelio de hoy y no sabemos ver lo que nos estás diciendo! Pese a que Tú no parabas de decirles quién eras, lo que venías a hacer y quién te había enviado, ellos seguían sin comprender tu misión y todo aquello que les decías.

En este día, te pido, Señor, que no me pase como a ellos y sepa estar atento a lo que me quieres decir; que cuando dedique un tiempo de mi día a estar contigo, además de hablarte, también pueda dedicar un rato a escuchar lo que Tú me quieres decir.

Hoy quiero, al igual que san Francisco, poder acoger aquello que me estés queriendo decir en la oración, aunque no lo entienda a la primera o durante un tiempo, igual que le pasó a él cuando no entendió qué Iglesia le estabas pidiendo que reconstruyera.

Con todo esto, te pido ser igual que esos últimos judíos, que, al escucharte, sí que comprendieron quién eras, y creyeron en Ti. 

Amén.

Hoy voy a dedicar un ratito a orar con el Señor, y le voy a pedir que me enseñe a cada día saber escucharlo mejor, a entender lo que me dice cuando le rezo, y cuando leemos o escuchamos su palabra escrita en los Evangelios.

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