Del Evangelio de san Lucas 4, 24-30. Adaptación.
Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo a la gente en la sinagoga:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Los profetas fueron enviados a otros lugares, porque los de aquí no quisieron escucharlos”.
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte con intención de despeñarlo, pero Jesús se abrió paso entre ellos y siguió su camino.
Señor Jesús, que impactantes son hoy tus palabras. Tu pueblo no acoge tus palabras, y en su lugar se ponen furiosos contigo hasta querer despeñarte por un precipicio. A veces nuestro propio entorno puede rechazarnos o no entender nuestros mensajes o acciones, incluso cuando estos son positivos y nacen del amor y la bondad.
Tu palabra está viva, y hoy te diriges a mí, ¿Qué no quiero acoger? ¿Qué no me gusta de lo que hago? ¿Qué es lo que rechazo en mi vida y pienso que debería ser de otra manera?
Te pido perdón por tantas veces que no acojo tus palabras. Me he acostumbrado a tu Presencia, he dejado de maravillarme contigo, porque me he acostumbrado a tu presencia y he hecho de ti, el Dios extraordinario, algo ordinario.
Quiero confiar en Ti porque sé que siempre estás conmigo.
Amén.
Hoy me comprometo a hacer algo bueno sin decirlo a nadie y sin buscar que me feliciten. Quiero ayudar y actuar con generosidad en silencio, solo por amor. Jesús, que mis buenas acciones no busquen aplausos, sino agradarte a ti. Amén.







