Del Evangelio de san Juan 12, 1-11. Adaptación.
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.
María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.
Señor, qué valiente fue María de Betania al ungir tus pies con su perfume más preciado. No le importó el juicio de quienes no entendían su gesto. Ella solo supo amarte, entregarte lo mejor que tenía, derramar ante Ti todo su corazón.
Enséñame, Señor, a amar así: sin cálculos, sin excusas, sin miedo a parecer exagerado.
Como san Francisco, hazme instrumento de fraternidad, capaz de compartir, de amar gratuitamente y de construir comunión con los hermanos. Que el perfume de mis obras llene la casa y anuncie que Tú estás vivo y presente entre nosotros.
Amén.
Hoy quiero acompañar a Jesús con lo que hago. Acompañarle significa no pasar de largo, cuidar a los demás y actuar con amor. Intentaré tener gestos de servicio, de respeto y de entrega, aunque no se vean. Quiero vivir este día estando cerca de Jesús y de los que me rodean.





