Del Evangelio de san Lucas 5, 27-32
En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos, de Jesús:
«¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?».
Jesús les respondió:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
Querido Jesús:
Hoy una frase tuya me resuena por encima de las demás: “Sígueme”. Parece increíble como una frase tan sencilla pueda tener tanta potencia: Mateo, mientras trabajaba, la escuchó, lo dejó todo y se fue contigo.
Esta llamada a seguirte no solo se la has hecho a Mateo. A lo largo de la historia has cambiado la vida de tantas y tantas personas (muchas de ellas ahora santos) llamándoles de diferentes modos y en diferentes situaciones: a san Pablo, cuando iba camino a Damasco, tu llamada fue a través de una pregunta “¿Por qué me persigues?”; a san Francisco, cuando estaba rezando ante el Cristo de san Damián, le hiciste una petición “ve y repara mi Iglesia”; a Santa Teresa de Calcuta, en un viaje de tren en India, le dirigiste las mismas palabras que pronunciaste en la cruz: “tengo sed”. Y esta llamada ha llegado hasta mí. Sé que no te cansas de llamarme. Y lo haces de forma única, en cada momento según mi situación y circunstancias vitales.
Señor Jesús, hoy te pido que nunca te canses de llamarme, aunque a veces no quiera escucharte. Y te pido también que abras mi corazón y mis oídos para que, finalmente, sea capaz de escuchar tu llamada y, como san Mateo, me atreva a dejarlo todo y seguirte.
Amén.
Hoy voy a parar 5 minutos a recordar (es decir, volver a pasar por el corazón) los momentos de mi vida en que he sentido o escuchado alguna llamada de Dios.





