«Ve, Francisco, y repara mi Iglesia, que amenaza ruina». 

San Francisco, enamorado de Cristo, eligió junto con sus hermanos una vida pobre, casta y obediente. La pobreza fue para él desapego de las cosas del mundo para poder fijar la mirada en los bienes que no pasan y, también, cercanía real con los pobres y desvalidos. Eligiendo la castidad, san Francisco entregó todo su corazón al Señor y renunció a formar una “familia humana”, para formar parte de “otra familia”: la de sus hermanos, que él consideraba un verdadero don de Dios. La obediencia fue para él reconocer a Dios como único Señor, que manifiesta su voluntad también a través de los hombres. No por casualidad, Francisco llamó “ministros” a los superiores, es decir, a aquellos que tienen como misión ayudar al resto de hermanos a conocer y cumplir la voluntad de Dios.

«El Señor me reveló que debía vivir según el Evangelio».

El deseo de anunciar a Cristo era tan fuerte en san Francisco y en sus hermanos que constantemente recorrían pueblos, castillos y ciudades predicando el Evangelio, la paz y la conversión del corazón. Marchó incluso a Egipto para predicar al sultán. En una época en la cual existía un fuerte enfrentamiento entre cristianos y musulmanes, Francisco se presentó ante el sultán en 1219 armado sólo de su fe y de su mansedumbre personal. Las crónicas de la época nos narran que el sultán le brindó un recibimiento cordial. Según la tradición, un año después san Francisco visitó Tierra Santa, plantando así una semilla que daría mucho fruto: sus hijos espirituales harían de los Santos Lugares donde vivió Jesús un ámbito privilegiado de su misión, siendo aún sus custodios.