«Ve, Francisco, y repara mi Iglesia, que amenaza ruina».

San Francisco nació en Asís (Italia) a finales de 1181 o principios de 1182. Pertenecía a una familia rica. Su padre, Pedro de Bernardone, era comerciante de telas, y su madre, Pica, era una mujer culta originaria del sur de Francia. Ejerció durante un período el oficio de su padre, cultivando al mismo tiempo los ideales caballerescos de su época. Rico, hábil en los negocios, de compañía y conversación agradables, poseía todo lo necesario para seducir, triunfar y deslumbrar. Y no se privaba de ello. Fácilmente excéntrico, le gustaba hacerse notar. Ambicioso, soñaba con conquistar grandes metas. Los honores militares, el triunfo y la gloria asediaban su mente.

Sin embargo, el camino se vio truncado: la derrota en una batalla, un año en la cárcel y un tiempo largo de enfermedad le golpearon duramente. Sus sueños de grandeza chocaron con la realidad. Repuesto de la enfermedad, lo intentará de nuevo. Esta vez irá al sur de Italia, a luchar en favor del Papa, pero en la ciudad de Espoleto un sueño y una voz misteriosa (“¿quién te puede dar más, el señor o el siervo?”) derrumbarán de nuevo sus proyectos.

«Vuelve a tu ciudad, allí se te mostrará en camino».

De regreso a Asís empezará para él un periodo de oscuridad y gran confusión: “Alto y glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón…”, era su oración más repetida. Y también de muchas luchas interiores: “Oraba en lo íntimo a su Padre… Sostenía en su alma tremenda lucha… uno tras otro se sucedían en su mente los más varios pensamientos» (1Celano 6).  Francisco nunca olvidará esta primera etapa de su conversión en la que descubrió que el camino del Evangelio empieza siempre con un desgarro: “Vende todo lo que tienes”. ¿Cómo acoger el tesoro escondido y la perla preciosa sin dejar que nuestras pequeñas riquezas resbalen de nuestras pobres manos?