«Ve, Francisco, y repara mi Iglesia, que amenaza ruina». 

Al principio vivió junto al sacerdote que atendía la iglesia de san Damián y, más tarde, como un eremita, dedicándose a la oración y la penitencia, reparando iglesias y sirviendo a los leprosos, hasta que, en 1208, tuvo lugar otro acontecimiento fundamental en el itinerario de su conversión. Escuchando un pasaje del evangelio de san Mateo -el discurso de Jesús a los Apóstoles enviados a la misión-, Francisco se sintió llamado a seguir la humildad y la pobreza de Cristo, dedicándose a la predicación.

«El Señor me dio hermanos».

Un cambio de vida tan grande de quien hasta entonces había sido “el rey de las fiestas”, poco a poco fue haciendo mella entre los jóvenes de Asís y sus alrededores, algunos de los cuales siguieron su ejemplo uniéndose a él en la cabaña de Rivotorto, en la llanura de Asís, y más tarde en la Porciúncula. Comenzaba así a formarse la primera fraternidad. El primero de todos fue Bernardo de Quintaval. Después llegaron Pedro y Gil, más tarde Ángel, Silvestre, Felipe… y muchos más. San Francisco recordará en su Testamento este momento con las siguientes palabras: “Cuando el Señor me dio hermanos”.