La Inmaculada, Patrona de la Orden

8 diciembre, 2020

El amor de san Francisco por la Virgen María es evidente desde la época de su conversión: el joven caballero Bernardo de Quintavalle, que lo hospedó algunas veces en su casa y se convirtió, después, en el primer y más fiel compañero de Francisco, observando su comportamiento “lo veía pasar las noches en oración, durmiendo poquísimo y alabando al Señor y a la gloriosa Virgen su Madre” (Tomás de Celano, Vida segunda 24).

Su amor especial por la Madre del Señor se manifiesta también en la elección de la Porciúncula, “una iglesita dedicada a la Virgen: una construcción antigua, pero entonces del todo descuidada y abandonada. Cuando el hombre de Dios la vio tan abandonada, empujado por su fervorosa devoción por la Reina del mundo, puso allí su morada, con intención de repararla” (San Buenaventura, Leyenda mayor II, 8). 

Una característica de María que llenaba de alegría a Francisco y lo hacía especialmente devoto de ella era su maternal misericordia; es ella, “la Madre de la misericordia”, la que obtiene para Francisco la gracia de su vocación; a ella, “Reina de misericordia”, invita el Santo a dirigirle oraciones en las dificultades (Tomás de Celano, Tratado de los milagros 106). Pero, sobre todo, la misericordia de María se manifiesta con ocasión de la concesión del “Perdón de Asís”, episodio que marca el triunfo de la misericordia de Dios y de la atenta intercesión de la Madre. 

Escribiendo sus últimas voluntades a santa Clara afirma con sencillez y convicción: “Yo, el hermano Francisco pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su Santísima Madre, y perseverar en ella hasta el final”. Por eso, para san Francisco, la Virgen María no es solamente una obra maestra de la gracia para contemplar, sino, sobre todo, un modelo de fe y un estilo de vida creyente. Aun así reconocerá que no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ella entre las mujeres (Oficio de la Pasión): por su belleza, por su santidad, por su pureza, por su obediencia, por su humildad y pobreza de corazón… En ella «estuvo y está la plenitud de la gracia y todo bien» (Saludo a la BV María). 

Los franciscanos, desde los inicios de nuestra andadura, hemos mostrado siempre un afecto especial hacia la Virgen María, de quien el Hijo de Dios recibió “la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad” (San Francisco) y a través de la cual “el Señor de la gloria se hizo hermano nuestro” (2Celano 198). Desde muy pronto defendimos el privilegio de su Inmaculada Concepción, reconociendo el gran misterio de alegría y de esperanza que escondía para todos los redimidos. En Ella, como afirmará uno de los más grandes defensores de este privilegio, el beato Duns Escoto, brilla la dignidad de todo ser humano, que siempre es precioso a los ojos del Creador. Por eso, desde hace siglos, es patrona, reina y abogada de la Orden.