Del Evangelio de san Lucas 10, 21-24
En aquella hora Jesús se llenó de la alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».
Señor, en este evangelio, tu Hijo te da las gracias por haberte revelado a los pequeños de corazón sincero y humilde.
Admito que a veces me gusta estar entre los “sabios y entendidos”. Esto me hace replantearme por qué a veces mi corazón no es humilde. ¡Cuántas veces me ha faltado humildad al compararme con otros hermanos, pensando que soy superior por sacar mejores notas, tener más títulos, másters…!
Ahora, me doy cuenta de que esta “sabiduría humana” no es suficiente, no me permite conocerte, acercarme a Ti. La sabiduría que Tú nos entregas no es de este mundo, sólo podemos llegar a ella buscándola y deseándola con sencillez, dejándonos hacer por Ti.
Esto lo entendió perfectamente el “sabio” san Francisco. Pocos humanos te han conocido mejor y, sin embargo, a ojos de muchos era un pobrecillo, un simple, un loco: ¡el “Loco de Asís”!
Padre, ayúdame a vencer mi orgullo y mi autosuficiencia para poder reconocer tu verdad, ayúdame a ser sabio ante tus ojos y no ante los ojos del mundo. Amén.
Hoy voy a pararme diez minutos a reflexionar sobre las veces que he pensado que yo solo me bastaba, y voy a pedir al Espíritu Santo que me dé claridad para afrontar la vida con humildad.







