ARTE

Camino hacia la gloria (II): Entrega del manto y camino de descenso

OFMCONV Italia

Fr. Abel García Cezón

Fr. Abel García Cezón

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La segunda escena se desarrolla en abierta campaña, entre dos zonas montuosas: sobre la colina de la izquierda podemos identificar la ciudad de Asís y sobre la colina de la derecha quizás un pequeño monasterio. Con esta división, ¿hace referencia Giotto a dos mundos o a dos maneras de entender la vida? Es posible, aunque no es fácil descifrar la intención del autor. Lo cierto es que san Francisco en su Testamento dirá que hubo un momento en su lento camino de conversión en el que decidió “salir del siglo”, es decir, abandonar un modo de entender la vida para abrazar otro totalmente distinto. De pertenecerse a sí mismo y a un orden social bien definido, comenzó a pertenecer al “altísimo y buen Señor” en compañía de los hermanos cristianos, es decir, de los leprosos, buscando desde entonces conformar su vida al Evangelio de Cristo, vivido con sencillez y “sine glosa”, es decir, sin descuentos.

Francisco aparece junto a su caballo (no está montado sobre él), del que más adelante se desprenderá. El gesto del animal insinúa un cierto aire de rendición (cabeza agachada), como si estuviera preanunciando los fracasos, el año de cárcel y la enfermedad que golpearán duramente a san Francisco, cuarteando definitivamente sus sueños de grandeza para abrirse a la grandeza de un sueño: el que Dios tenía preparado para él. Junto a Francisco, vemos a un caballero empobrecido hacia el que siente compasión, dándole el manto. La referencia al conocido episodio de la vida de san Martín de Tours, en el que divide su manto con un pobre, está muy clara. Pero en este caso hay mucho más que un gesto de caridad. Sin duda alguna el joven Francisco se había encontrado muchas veces a lo largo de su vida con personas empobrecidas e incluso había tenido gestos de generosidad hacia ellas, dándoles limosna. Sin embargo, en esta escena parece vislumbrarse algo mucho más profundo: una auténtica identificación compasiva con la suerte de este hombre y un cierto camino de descenso. Creo que no es casualidad que Giotto haya colocado la ciudad de Asís en lo alto de un monte como queriendo remarcar el camino de “bajada” que Francisco comienza a recorrer, ¡no sin dificultades!, y que le llevará en muy poco tiempo a lo más bajo: la compañía de los leprosos con los que practicará la misericordia que le sanará (los leprosarios o lazaretos se encontraban en la llanura de Asís, la parte más baja, y lo suficientemente alejados de las murallas de la ciudad).

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Y es que sólo cuando el hijo de Pedro Bernardone deje, conducido por Dios, las alturas de Asís para iniciar un verdadero camino de “abajamiento”, de “descendimiento” (como el de Cristo según leemos en la carta a los Filipenses), para entrar así en otro mundo (el de los leprosos y el del Cristo de la ermita de san Damián), sólo entonces empezará a comprender el verdadero sentido de su vida. En este camino de “descenso” el joven Francisco, que hasta entonces había hecho de sí mismo el centro del mundo en una búsqueda obsesiva de su propia gloria, sale de sí mismo y se abaja para abrazar una nueva lógica. Dirá la Leyenda de los Tres Compañeros con gran acierto: “Cuando Francisco dejó de adorarse a sí mismo…”. Pero aún queda mucho camino por recorrer para llegar a ese punto. Podemos imaginarnos la pregunta que le inquieta sin cesar en este momento: “Y ahora, ¿qué hacer?” Un gran vacío se ha apoderado de él, a pesar de tener aparentemente todo en sus manos. Francisco tiene sed de otra cosa. Pero, ¿de qué? Podemos inturilo por lo que nos cuentan los biógrafos: “Lleno de un nuevo y singular espíritu, oraba en lo íntimo a su Padre… Sostenía en su alma una tremenda lucha… Uno tras otro se sucedían en su mente los más variados pensamientos” (Vita prima de Tomás de Celano, 6).

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