«Ve, Francisco, y repara mi Iglesia, que amenaza ruina». 

En 1209, llegando al nuevo de doce, fueron a Roma, para pedir al gran Papa Inocencio III la aprobación de su humilde propósito de vida según el Evangelio. Aunque en un primer momento el Papa fue reticente, teniendo en cuenta la experiencia negativa previa con otros grupos que querían vivir radicalmente el Evangelio, finalmente fueron acogidos y escuchados por aquel gran Pontífice, que, iluminado por el Señor, intuyó el origen divino del movimiento suscitado por Francisco.

El “Poverello” de Asís

Quiso poner desde el principio su pequeño “nosotros” de su fraternidad, dentro del gran “nosotros” de la Iglesia católica. Y es que había comprendido que todo carisma que da el Espíritu Santo hay que ponerlo al servicio del Cuerpo de Cristo; por lo tanto, quiso actuar siempre, a pesar de las dificultades e incomprensiones, en plena comunión con la Iglesia. En la vida de los santos no existe contraste entre carisma profético y carisma de gobierno y, si se crea alguna tensión, saben esperar con paciencia los tiempos del Espíritu Santo. En 1223, el Papa Honorio III aprobará oficialmente la Regla de los Frailes Menores o Regla franciscana.