Saludo del Ministro general en la solemnidad de San Francisco de Asís

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No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí.
Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti,
que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
Jn 17,20-21

Fraternales con el mundo,
capaces de generar una cultura de fraternidad

Saludo del Ministro general en la solemnidad de San Francisco de Asís

Queridos hermanos,
¡Feliz y serena fiesta de nuestro Seráfico padre San Francisco! Los saludo fraternalmente, deseando a cada uno de ustedes todas las bendiciones del Señor. Este año les presento algunas provocaciones que significan mucho para mí y que comparto con sencillez.

Introducción

Dentro de unos días se cumplirá el primer aniversario de la firma de la Carta Encíclica “Fratelli tutti” sobre la fraternidad y la amistad social, un texto propuesto para ayudarnos a pensar y generar un mundo “abierto”, y así poder hacer frente a las “sombras de un mundo cerrado”. La Encíclica pretende “ofrecer una palabra al mundo, con la esperanza de generar un cambio hacia el bien común, la convivencia y la paz”. El amor, el bien moral, la libertad, la igualdad, la fraternidad, el diálogo, el encuentro, la caridad social, el amor político y las mismas religiones son algunos de los caminos que, según el Pontífice, pueden ayudarnos a generar una nueva cultura: la cultura de la fraternidad.


Como Familia Franciscana, además, nos acercamos al gran Jubileo de 2026, VIII centenario de la Pascua de San Francisco, y ya nos han iluminado las celebraciones y reflexiones por los ochocientos años de la Regla no Bulada. En un futuro próximo será el turno de otro importante Jubileo, el de la Carta a un Ministro en 2022, compuesta entre la Regla no Bulada y la Regla Bulada (1222 aprox.) y ciertamente, el gran Jubileo de la Regla Bulada en 2023.
Como ya he sugerido más arriba, estas celebraciones son siempre una oportunidad para iluminarnos y refrescar la gracia de los principales eventos de la historia y la espiritualidad franciscana. Además, son una oportunidad para profundizar en la reflexión sobre temas relacionados con nuestra espiritualidad y así renovar nuestra “vocación y elección” y la identidad carismática de la familia.

Un «lugar real» de la identidad carismática

Siempre he optado por considerar el movimiento franciscano de los orígenes no sólo como un movimiento suscitado por el Espíritu Santo (¡ciertamente lo es!), sino también como uno de los movimientos laicales medievales, nacido de una efervescencia sociocultural de cambio, apertura, novedad. Un movimiento, por tanto, inspirado, pero también “empujado” por una situación histórica concreta (el desmoronamiento del sistema feudal) y dirigido simultáneamente como mensaje de novedad a esa misma sociedad.

El movimiento que comenzó con San Francisco, y que él mismo pondría bajo discernimiento eclesial, es una verdadera fraternitas; no “inicialmente un Ordo ni una Religio”. De hecho, al final de su vida, el Pobrecillo “quiere reafirmar un estilo más cercano a las realidades comunales que a las feudales, a una perspectiva circular y comunitaria más que a una vertical y jerárquica. Sobre todo, él no quería que la memoria de los inicios y de la intuición que la sustentaba se perdiese, misma que veía bien expresada en la palabra fraternitas”. 

Sostengo que la fraternitas originada por San Francisco no puede considerarse como la creación de una institución religiosa similar a las fundaciones de las congregaciones religiosas modernas. La fraternitas de los orígenes nace como un estilo de vivir, de creer, de trabajar, de “ponerse en relación con el mundo, con la creación, con los poderosos, con los sencillos, con la Iglesia”. Este estilo no es otro que el Evangelio del Señor Jesús. Me gusta pensar en la fraternitas, pues, como un mensaje de Dios compuesto con el aire fresco del lenguaje evangélico; un mensaje dirigido al mundo.

Ciertamente, esa fraternitas se convirtió rápidamente en un Ordo o, mejor, en una Religio (con una nueva Regla, diferente a todas las ya conocidas). Sin embargo, en la “nueva realidad” de contarse entre las instituciones eclesiales de la vida consagrada, la voluntad del Santo de Asís permanece viva: ¡la memoria de los orígenes no debe perderse nunca! El carisma debe ser renovado y alimentado permanentemente.

En verdad, nadie duda de la bondad de nuestro carisma, que se basa en la fraternidad minorita. Sin embargo, es bien sabido que a lo largo de la historia muchas influencias han intentado -y siguen intentándolo- enjaularla o malinterpretarla. El estilo monástico y el de los canónigos regulares; las concepciones jerárquicas propias del clero; las interpretaciones apocalípticas, el rigorismo exacerbado, los movimientos heréticos; el poder temporal, los intereses políticos; incluso, en nuestros días, las interpretaciones de corte puramente pastoral como la “parroquialización” de la vida, o la reducción dictada por el servicio ministerial realizado a la manera de simples funcionarios, o incluso como una especie de exhibicionismo religioso. La lista podría ser más larga, pero mi reflexión (como siempre, no científica sino intuitiva), desea solamente invitar a todos a no cesar nunca de “purificar” la vida cotidiana, en la búsqueda de una pureza carismática cada vez mayor en todo lo que somos, vivimos o hacemos…


Invito a cada hermano y a cada comunidad a identificar el “lugar real” que tiene nuestro carisma en nuestra vida, en las actitudes, en las obras, en las metodologías y en las instituciones que están bajo nuestra responsabilidad. ¿Son los principios carismáticos nuestro “centro afectivo” y nuestro “motor” ético?

Un compromiso fraternal con el mundo

En nuestras Constituciones son muy evidentes los rasgos característicos del estilo conventual, que enfatizan predominantemente el estilo fraterno-minorita de nuestra forma de vida. Estas referencias no tienen una finalidad pragmática (es decir, la fraternidad entendida como “un simple vivir en comunidad”, o como una posibilidad de realizar mejor los diversos servicios ministeriales), sino como elemento constitutivo, es decir, esencial y transversal, así como elemento teológico, es decir, “espejo” de la dinámica intra trinitaria.


El Evangelio de Jesucristo es nuestro proyecto de vida y misión. Este proyecto se realiza en comunión fraterna, en minoridad, en penitencia, en conversión, en fidelidad a la Santa Iglesia y en consagración total según los consejos evangélicos.


Evangelio y fraternidad son nuestra forma de vida y misión. Como decíamos en el PSO (Proyecto Sexenal de la Orden, parte 2, “para ser Fraternidad”): “Soñamos –pero tal vez sería más concreto decirnos: pedimos– una fraternidad de hermanos menores conventuales que represente, en el mejor modo posible, en las diversas latitudes y longitudes de nuestras presencias, el estilo evangélico a partir de su modo de vivir la fraternidad, utilizando todos los instrumentos que favorecen su crecimiento… la fraternidad misionera es nuestro más bello rostro”.
De ello se desprende que la misión, según el estilo conventual, no corresponde a una simple suma de compromisos de evangelización, sino a un compromiso fraternal hacia el mundo; al compromiso de “ofrecer fraternidad” y “ofrecerse en fraternidad” mientras se anuncia el Evangelio. Un Evangelio anunciado no de “cualquier” forma, sino como una fraternidad misionera, pero de forma fraterna y menor, es decir, de forma evangélica. No se trata sólo de vivir en fraternidad y “ofrecer” algo al mundo mientras tanto, sino de ofrecer “fraternidad” al mundo mientras -siempre en comunidad- nos “entregamos” en nuestros servicios ministeriales y laborales.


Dirijo mi pregunta a cada uno de ustedes, hermanos: ¿nuestras actividades surgen de la fraternidad? ¿Son nuestras actividades el espejo, el mensaje y el “contenido” de una verdadera fraternidad minorita?

Capaces de generar cultura

Fraternidad, amor total a Dios, misión, minoridad, paz: son algunas de las características con las que el sensus popular identifica a los franciscanos. En realidad, el pueblo no se equivoca. El imaginario “franciscano” ha entrado con fuerza en la cultura popular, quizá por el hecho de que, desde el principio, los hermanos recibieron el mandato misionero de ir por el mundo. Pero San Francisco no sólo los envió en misión con un mensaje o sermón, sino con un estilo, con un modus extremamente significativo: el testimonio evangélico.


De hecho, el “estilo” con el que todos los hermanos debían ir por el mundo no es un elemento secundario. Debían presentarse de forma sencilla, menor, pacífica, sumisa, respetuosa, discreta, pura, de bendición. El método era también el contenido, el contenido era el modo evangélico, el estilo del Señor Jesús.


Pero la intención del hermano Francisco no era sólo “mostrar” este estilo minorita, sino también “entregarlo” como una buena noticia al mundo. Su intención y sus expectativas eran ciertamente producir un cambio en las personas y en los sistemas sociales dominantes. No lo hizo por imposición, sino mediante el testimonio, el ejemplo, los detalles y por último la predicación.


Podemos afirmar con los franciscanistas, que en aquel entonces (en los inicios de la historia franciscana) y también hoy “la inserción en el mundo implica un esfuerzo permanente de creatividad por parte de los hermanos para ofrecer respuestas nuevas y adaptadas a las realidades cambiantes” … y que “en ese ‘ir por el mundo’, lo que cuenta no es la cantidad de las funciones que cumplen, sino la cualidad evangélica de su forma de ser”.


Por último, la cualidad evangélica no pretende hablar de uno mismo, sino hablar a los demás, generar una cultura evangélica en la sociedad, y ciertamente en la Iglesia. La cualidad evangélica implica una convicción previa de vida y vocación, pero al mismo tiempo una intencionalidad: ir “hacia” para anunciar al mundo que es posible vivir como creyentes, como hermanos, como profundamente humanos (como espejo de la humanidad de Dios, mostrada en el Jesús del Evangelio). Esta intencionalidad tiene el propósito de generar una cultura evangélica.


Por tanto, hagámonos una última pregunta: ¿nos sentimos capaces de generar una cultura fraternal (evangélica) a nuestro alrededor, en nuestros Conventos, en nuestras obras y servicios de apostolado?

Saludo final

Queridos hermanos, con estas dos invitaciones-mensajes “Fraternales con el mundo” y “Capaces de generar una cultura de fraternidad” quiero saludarles en esta nueva solemnidad de San Francisco de Asís, deseando a cada uno la alegría de pertenecer a la familia conventual y a la gran familia franciscana; una familia llamada a renovarse constantemente en la calidad de su vida y de su misión.

¡Les deseo todo bien!

Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio
Jn 15,27


Fr. Carlos A. Trovarelli, Ministro general