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Cuenta Tomás de Celano que san Francisco, después de su conversión, vestía un hábito de ermitaño, sujeto con una correa; llevaba un bastón en la mano y los pies calzados. Pero cierto día “se leía en una iglesia de Asís el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar; presente allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas; terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el evangelio. El sacerdote le fue explicando todo ordenadamente. Al oír Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener calzado, ni dos túnicas, sino predicar el reino de Dios y la penitencia, al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica».

Rebosando de alegría, se apresuró inmediatamente a cumplir la palabra saludable que acababa de escuchar: se desató el calzado de sus pies, echó por tierra el bastón y, gozoso con una túnica, se puso una cuerda en lugar de la correa”. El cordón franciscano tenía y tiene la función de ceñir la túnica, pero muy pronto adoptó un valor simbólico: además de la humildad y pobreza del material (frente al cinturón de cuero), en total consonancia con la opción de san Francisco y de sus hermanos, los tres nudos hacen referencia a los tres votos de la profesión religiosa: obediencia, castidad y pobreza.