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Ver y creer

Cuenta fray Esteban de Borbón, dominico, que san Francisco llegó una vez a una parroquia de Lombardía (Italia) en la que el párroco daba escándalo y vivía con una mujer. Un hereje maniqueo acudió a Francisco y le preguntó: «»Dime: si un sacerdote mantiene a una concubina y si se mancha así las manos, ¿es necesario conceder fe a su sacramento y manifestar respeto a los sacramentos que él administra?» En presencia de los parroquianos, el santo se dirigió a casa de este sacerdote, se arrodilló ante él y le dijo: «No sé si tus manos son lo que él dice, pero aunque así fuera, estoy seguro de que no pueden manchar la virtud y la eficacia de los sacramentos divinos. Más bien, como a través de estas manos descienden muchos beneficios y gracias del Señor al pueblo de Dios, las beso por reverencia de aquellas cosas que ellas administran y de Aquel con cuya autoridad las administran». Y arrodillado ante el sacerdote, le besaba las manos, ante la gran confusión de los herejes y de los simpatizantes que asistían a tal escena». 

San Francisco creía que son las palabras de Cristo, pronunciadas por el sacerdote, las que realizan la Eucaristía: «Son muchas las cosas que se santifican por medio de las palabras de Dios y es en virtud de las palabras de Cristo como se realiza el sacramento del altar» (CtaO 37). La fe de Francisco reposaba sobre la palabra misma de Cristo, «sobre el testimonio del Altísimo mismo, quien afirma: Esto es mi Cuerpo…».