Hoy has resucitado para mí, para siempre. Hoy me doy cuenta de que la resurrección ha cambiado la vida del mundo, la vida de tanta gente. Ese día la luz de tu resurrección brilló tanto que llega hasta hoy, hasta mi vida. María Magdalena fue a cuidar tu cuerpo muerto y se lo ha encontrado resucitado. ¡Que me alegre con ella, porque no puede haber mejor noticia para mi vida!

Hoy también vienes a hacerte presente en mis miedos, como los discípulos cuando estaban encerrados. Ahí quieres estar, en mis temores, en mis miserias. Ahí quieres venir resucitado, llenar de alegría la estancia cerrada de mi vida y lanzarme a gritar a los cuatro vientos que eres lo mejor que se puede encontrar, que verdaderamente has resucitado.

Hoy, como con los discípulos de Emaús, vienes a quedarte conmigo, a tenerte delante en la eucaristía. Ahí te encuentro también resucitado; aquello que esperábamos, que pensábamos, lo has colmado, no nos podíamos imaginar lo mucho que inundarías nuestras vidas con tu resurrección, con la eternidad de tu belleza, de tu luz.

Esta Pascua no ha pasado de largo por mi vida, has estado ahí, he podido acompañarte, estar contigo, caminar contigo, abrazar tu cruz. Y hoy solo me quieres alegre y que con toda la Iglesia diga que «ha resucitado de veras mi amor y mi esperanza». Hoy, con mi madre la Iglesia, me revisto de luz brillante; hoy, con todos mis hermanos, resuenan en el templo las aclamaciones del Resucitado.

Has resucitado, me lo han dicho, me lo están contando. ¿Me lo creo? ¿Puedo seguir siendo el mismo después de que hayas resucitado? Jesús, ayúdame a no ser el mismo, a cambiar todas esas cosas que no están bien en mi vida, a ver que ahí quieres resucitar. Ayúdame a quererte más, a tenerte más presente cada día, a decir con valentía a todo el mundo que soy cristiano y que te quiero. ¿Puedo decir hoy, aquí y ahora, todo lo que has resucitado en mi vida?

¡Gracias, Señor! Gracias por transformar mi vida con la luz de tu resurrección, gracias por tenderme tu mano y sacarme de mis tinieblas, de mis miedos para, como al ladrón arrepentido, invitarme hoy a tu Reino. Que, como María Magdalena, los apóstoles y todos mis hermanos, diga: ¡has resucitado, Señor, y eso me basta! Amén. Aleluya.