Finalmente llegamos a la última de las imágenes que nos han ido acompañando durante estos días del Triduo Pascual. Como podemos apreciar, es un poco distinta de las tres anteriores. Estamos en el mismo lugar, es decir, la Basílica Inferior de San Francisco, en Asís, pero esta vez en una de las capillas laterales, y en la misma época, principios del siglo XIV.
Sin embargo, el autor es Giotto, al que tanto debe la historia universal de la pintura y, en particular, la Basílica de San Francisco y los franciscanos. En ella decoró bóvedas, capillas, enormes paredes con los misterios de la vida del Señor, de la Virgen y de algunos santos, en especial san Francisco.

No me retengas
La escena representa el conocido como Noli me tangere, palabras latinas cuya traducción podría ser: suéltame o no me retengas. Se las dirige Jesús a María Magdalena (Jn 20,17) cuando ella, todavía desconsolada ante el sepulcro vacío, al fin lo reconoce al escuchar su nombre y se abraza amorosamente a sus pies (después de confundirlo con un hortelano, por eso el autor ha colocado sobre la mano izquierda de Jesús una especie de azada para cavar la tierra).
Esas palabras –suéltame, no me retengas–, dichas sin más, podrían sonar un poco fuertes e incluso «bordes», diríamos hoy. Nacían de su amor por Jesús –como nos recuerda el rojo de su vestido–, quien la había liberado de su esclavitud y devuelto la dignidad. Por eso, inmediatamente, Cristo resucitado añade la causa de este necesario desapego: «Aún no he subido al Padre».
A partir de la resurrección, el cuerpo de Jesús, auténtico y real –María puede agarrarlo–, pertenece a una realidad totalmente nueva. El suyo es ya un cuerpo glorioso: no está situado ni en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere. Su humanidad no puede ser retenida en la tierra, porque pertenece a la gloria del Padre. Y precisamente porque pertenece al Padre, puede estar con cada uno de nosotros, en todo momento, en todo lugar: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Esto no es totalmente incomprensible, pero es verdad que nos supera. ¡Es un misterio de la fe! Un acontecimiento –no una invención o una fantasía– cuya verdad histórica está ampliamente documentada y que constituye la clave de bóveda del cristianismo. En la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio –el de la resurrección–, que cambió la vida de los discípulos y el curso de la historia.

Todo se llena de vida
Podemos dividir la escena en dos partes siguiendo una línea vertical imaginaria. El lugar donde se ubica es una zona sin viviendas ni construcciones. Estamos a las afueras de la ciudad de Jerusalén, cerca de donde había sido crucificado Jesús. El lugar está bastante desierto, aunque se nota una cierta distinción entre la zona izquierda cercana a la tumba –ya abierta y vacía, custodiada por dos ángeles– y la parte derecha, por la que va avanzando Cristo revestido de luz, de gloria y esplendor.
Es como si al paso de Jesús todo floreciera, todo se llenara de vida y de color. Era lo que habían anunciado los profetas y que se cumple con la resurrección de Cristo: «El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y florecerá, germinará y florecerá como flor de narciso» (Is 35,1-2). Es lo que ocurre en nuestra vida cuando dejamos que Cristo, que vive y nos quiere vivos, se haga presente: todo renace, todo se llena de vida, de luz, de alegría y de esperanza.
En realidad, toda la vegetación que va surgiendo al paso de Jesús, las piedras e incluso las pequeñas colinas, nos hablan de otro lugar, en este caso de los orígenes –Génesis–: el jardín del paraíso. El lugar creado por Dios con tanto amor, donde colocó al primer hombre y la primera mujer, había quedado como vacío, desierto y desolado a causa de la gran desconfianza con la que se apartaron de Dios. Ahora Jesús, con su resurrección, «hace nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Ya no hay cabida para la sospecha o la desconfianza: Dios no es enemigo del hombre, de su libertad y de su felicidad. Ha enviado a su Hijo querido, que se ha dejado clavar en una cruz para darnos testimonio de su amor. Dios es amigo, padre y guía.
La presencia de cuatro ángeles –dos sentados sobre la tumba vacía y dos en el cielo que avanzan con Jesús– nos recuerda la llamada a ser mensajeros –ángel significa mensajero– de esta gran noticia, que no podemos callar: ¡No busquéis entre los muertos al que vive! ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor!
Dirá san Francisco, después del abrazo con Cristo, crucificado y resucitado, sobre el monte Alverna: «¡Tú eres nuestra esperanza!» (AlD 5). No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas. La esperanza, para san Francisco, no es algo, sino alguien «que nunca abandona a los que esperan en él» (OfP VI,15). Nuestra esperanza tiene un rostro: el del Señor Resucitado, que nos dice: No temas, yo estoy contigo y no te dejaré.