La imagen de hoy puede resultarnos un tanto extraña, quizás poco común. Al igual que las dos anteriores, también esta se encuentra en el lado izquierdo del crucero de la Basílica Inferior de San Francisco, en Asís, y la realizaron los hermanos Lorenzetti. Representa el misterio del Sábado Santo que proclamamos en el Credo: «…y descendió a los infiernos»

En la Biblia se llama infiernos al sheol o hades, es decir, a la morada de los muertos. Según la Tradición de la Iglesia, Jesús, tras su muerte, se adentró en el sheol donde moraban los justos de todos los tiempos en espera de ser redimidos. Por eso, en esta escena aparecen tras la puerta roja Adán –con esa barba larga que indica el largo tiempo de espera– y Eva, seguidos de los patriarcas, profetas, reyes…, de los que nos habla el Antiguo Testamento. Dice un canto oriental: «Bajaste a la tierra para salvar a Adán, pero no encontrándolo en la tierra, oh Señor, fuiste a buscarlo al sheol»

 

Una mano amiga que tira de nosotros

El gesto central de toda la escena es precioso: Cristo, sosteniendo sobre su mano izquierda la cruz y aplastando con sus pies al Malo –señor de la muerte–, agarra con la derecha a Adán, y en él a todos los hombres, no para saludarlo, sino para sacarlo, para tirar de él y para arrancarlo del poder de la muerte. La de Jesús es siempre una mano tendida, una mano amiga que tira de nosotros, que nos levanta de nuestras caídas, que nos saca de nuestras muertes y nos conduce a su reino eterno. 

Fíjate, Cristo es el buen Pastor que, haciendo de la cruz su bastón o cayado, desciende a lo más profundo en busca de sus ovejas, las carga una a una sobre sus hombros y las lleva de nuevo al redil. Y todo ello a precio de su propia vida, como muy bien indican tanto la cruz como esos puntos sobre las manos y los pies: son sus llagas, signos visibles de su amor hasta el extremo, con las que nos ha salvado. 

Como escuchábamos ayer en la profecía de Isaías, «sus heridas nos han curado». Y nos siguen curando. Descender a los infiernos equivale experimentar hasta el fondo el poder de la muerte y, por tanto, la fuerza de la nada y del sinsentido. Por el misterio del Sábado Santo, creemos que incluso ahí, en lo más bajo, somos alcanzados y encontrados por nuestro buen Pastor. Dirá san Francisco: «Miremos atentamente a nuestro buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión y la cruz» (Adm 6,1). Mirar equivale a confiar, amar y seguir. Es la respuesta agradecida de quien ha sido salvado por Jesús: querrá confiar en Él, amarle y seguirle cada día un poco mejor.  

Fíjate también que Adán y los demás justos están postrados, incapaces de levantarse por sí mismos. Sin embargo, Cristo está en pie y a la vez inclinado: es el vencedor que tiene el poder de salvar, pero no es un poder para Él sino en favor nuestro y por eso se inclina hacia nosotros. Sí, ¡tanto le importamos, tan valiosos somos para Él! Es Cristo quien nos salva, quien nos levanta y saca de la esclavitud de nuestros pecados, del poder del Malo y de la muerte con la fuerza de su amor. ¡De esa esclavitud y de ese poder no somos capaces de levantarnos solos! Es gracia suya y nunca mérito nuestro. Pero a nosotros nos corresponde algo que ni siquiera Él puede hacer: extender libremente la mano y permitir que nos agarre, es decir, dejarnos salvar. Dirá san Francisco que Cristo es «el salvador de todos los que creen y esperan en Él» (Rnb 23,11). Y en palabras de san Agustín: «Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti»

La vestidura blanca y radiante como el sol que envuelve el cuerpo herido del Señor –igual que la luz que lo envolvió en la Transfiguración– es signo de su verdadera identidad: es el Hijo amado del Padre, verdadero Dios y verdadero hombre. Y con esa vestidura somos revestidos nosotros el día de nuestro bautismo, sacramento por el que nos unimos a Cristo en el misterio de su muerte y resurrección, y somos hechos hijos adoptivos de Dios. La noche del Sábado Santo es noche bautismal, por eso renovaremos nuestras promesas para recordar quién nos has salvado, de quiénes somos hijos y pedir la gracia de vivir como tales.  

 

Mirar a María

¿Y María? El Sábado Santo es también un día para mirar a la Virgen, para estar cerca de ella. Como acabamos de ver, mientras Jesús desciende a lo más hondo para redimir las entrañas de la humanidad, María vive esos momentos en un silencio contemplativo, meditando todo lo que había «guardado en su corazón» (Lc 2,61): las palabras de su Hijo, las promesas de Dios. Y así la esperanza permaneció viva en ella. Por eso le pedirá san Francisco: «Ruega por nosotros ante tu Hijo, Señor y Maestro nuestro» (Ant. OfP 3). 

Sí, Madre. Ruega por nosotros, cuida de nosotros, aviva nuestra esperanza en nuestros «sábados santos» y enséñanos a confiar en el Dios que cumple siempre sus promesas, porque «no nos ha amado ni nos ama en broma» (Santa Ángela de Foligno, santa franciscana).