¿Y ahora qué? Estás en el sepulcro, está cerrado, no podemos verte, incluso puede llegar a parecer que no estás. Han rodado una enorme piedra sobre tu vida y la nuestra, parece que la muerte y el pecado han triunfado y que todo sigue como si nada. Nadie espera nada, salvo tu Madre, que nos enseña lo importante que es la esperanza.

Hoy hay silencio, hoy nadie quiere recordar lo que ha pasado. Has muerto y ¿ya está? ¿Aquí acaba todo? Jesús, sé que no es así, sé que vas a resucitar, ayúdame a esperar. Ayúdame a darme cuenta de que, cuando no te veo, sigues a mi lado, enséñame a permanecer fiel aunque a veces mi oración no dé fruto. Dame fe para esperar, dame fe para caer en la cuenta de que también lo muerto en mi vida puede resucitar, aunque sea tantas veces impaciente y quisiera que todo sucediera de otro modo. Es necesario que algo muera para que Tú hagas todas las cosas nuevas.

Cuánto me cuesta la espera, y mucho más el silencio. Trato de llenar mi vida de cosas, de hecho está llena, no paro ni un momento: los estudios, las tareas en casa, los juegos, los amigos… Y no tengo tiempo para ti. Hoy es un día para detenerme, para buscarte en lo escondido, para sentarme y escucharte en el silencio y ver que de los fracasos también quieres sacar una victoria, una nueva historia, pero, ¡que nunca sea sin Ti

Jesús, gracias por enseñarme que, fruto del silencio, de estar a tu lado, de permanecer fiel en la vida, hay paz. Esta paz es tuya, eres Tú cuando te pongo en mi vida cada día. Gracias por los ejemplos que me ayudan a permanecer. Gracias por María, tu madre, siempre a tu lado; que acuda a ella, que me lleve a ti porque en la cruz me la diste como madre.

Gracias por san Francisco, por su amor a tu cruz, por su ejemplo de oración. Que, como él, aprenda cada día a entrar en la gruta a veces oscura de mi vida, de tu sepulcro, para salir contento y cantándote a ti.