¡Qué imagen más extraña! Miro y veo sobre todo oscuridad, y una puerta a través de la que hay gente que quiere salir. Parece que son muchos, se agolpan, sus rostros piden ayuda, muestran desesperación.

Centro mi atención en la mano que se tiende para ayudarles. Es la mano de Jesús que, tras morir, baja sin dudarlo hasta el fondo, a los infiernos, donde no llega la luz, para agarrarlos con fuerza y ayudarles a salir. Y no solo en su mano, también me fijo en su pie, que pisa con fuerza al diablo y vence la oscuridad.

¡Qué difícil es a veces ayudar a los demás! En ocasiones, el camino que me lleva a ayudar a otros es complicado. Tengo que vencer mi pereza, mis comodidades, y decidirme a poner mi mano al servicio de los que me necesitan. Y, por supuesto, tengo que estar dispuesto a tirar bien fuerte.

Jesús, hoy, baja a lo más profundo para llevar esperanza donde solo había desesperación, para poner luz donde solo había oscuridad, para devolver la alegría donde reinaba la tristeza. Jesús, al morir, nos enseña que es así, muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Un día como hoy no puedo dejar de pensar en María. ¡Qué tremendo día es este sábado para ella! La pasión de Jesús es también la pasión de María. No hay nadie que comparta más el sufrimiento de un hijo que su madre. Ella recorre con su hijo el camino del calvario y, de alguna manera, muere con él al pie de la cruz. Y es allí, al pie de la cruz, donde Jesús la nombra madre nuestra. Hoy, día de silencio, María no solo es un mar de lágrimas y un corazón traspasado, roto. También es imagen de esa esperanza firme que, en medio del silencio, susurra que debemos depositar en Él toda nuestra confianza.

¿Estoy dispuesto a llegar hasta donde haga falta y tender mi mano para ayudar a quien me necesita?