Ayer celebramos la pasión y muerte del Señor, su entrega en la cruz. Y hoy,  sábado santo, es un día que se caracteriza por un profundo silencio. Las iglesias están desnudas, no se celebra ninguna liturgia hasta la Vigilia pascual de esta noche.  

El silencio de Dios

El sábado santo es el día del silencio de Dios, el día de su ausencia más dolorosa.  Para los apóstoles y para cuantos habían confiado en Jesús, su muerte fue la experiencia más terrible, la más dura y amarga de las desilusiones. Con el viernes santo todo parece irremediablemente terminado y perdido, todos piensan que lo de Jesús ha sido un hermoso sueño que ha acabado en tragedia, como tantos otros sueños a lo largo de la historia. Y la tarde del viernes santo los discípulos abandonan a Jesús y se retiran  decepcionados y desorientados, sumidos en la tristeza y vacíos de esperanza.  

Por eso hoy revivimos la experiencia del sábado santo, esa experiencia de silencio y ausencia. Pensamos en la desolación de los discípulos y de tantas personas que seguían y querían a Jesús. Y también en quienes en nuestro tiempo viven en el abismo de la desesperación y el dolor. Hay en el Evangelio una escena que anticipa de forma admirable el silencio del sábado santo y que, al mismo tiempo, parece como un retrato de nuestro momento histórico: Jesús duerme en la barca, que está a punto de naufragar por la tormenta que se ha desatado. Los discípulos, desesperados, sacuden al Señor y le gritan que despierte: «¡Despierta! ¿No ves que nos hundimos?» (cf. Mc 4,35-41). Es precisamente el texto que eligió el Papa Francisco para aquella emotiva oración vespertina que tuvo lugar hace un año en una plaza de San Pedro vacía y bajo la lluvia, con ocasión de la pandemia que empezaba a azotar al mundo entero. Dios duerme mientras las cosas están a punto de hundirse. ¿No es esta acaso la experiencia de nuestra propia vida? ¿No se asemejan la Iglesia, la fe y nuestra historia a una pequeña barca que naufraga y que lucha inútilmente contra el viento y las olas mientras Dios parece estar  ausente?  

Velad y orad, firmes en la espera

Pero el sábado santo hay también quien vela y se mantiene a la espera: María, la madre de Jesús, las mujeres que lo habían acompañado al pie de la cruz, el discípulo amado. Es el amor que no duda de la palabra del Señor, que ama y espera contra toda esperanza. Hoy, en este día de silencio, se nos invita también a nosotros a guardar y meditar todo en nuestro corazón y a mantenernos firmes en la esperanza, como María.  

Solo a través del naufragio del viernes santo, a través del silencio mortal del sábado santo, pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y qué significaba su mensaje. El destino de Jesús es también el nuestro. Él «descendió a los  infiernos», como profesamos en el Credo, descendió a los dominios de la muerte, para rescatar a toda la humanidad de las garras de la muerte. Y sigue descendiendo a los infiernos de hoy. La iconografía cristiana oriental ha expresado muy bien este misterio de nuestra fe en la imagen de Cristo, el Hombre Nuevo, el Nuevo Adán, que rescata del sepulcro a Adán y Eva, padres y representantes de toda la humanidad, para hacerlos partícipes de la humanidad nueva y la vida plena que él inaugura con su resurrección.

El proyecto de amor y de servicio de Jesús no acaba con su muerte, porque el amor es más fuerte que la misma muerte. Y Dios Padre resucita de la muerte a su Hijo Jesús, que inaugura así la vida plena y definitiva hacia la cual caminamos también nosotros. Así concluye el Triduo Pascual, con la celebración de la resurrección de Jesús.