Ahí está la tumba de Jesús abierta de par en par, vacía y rodeada de ángeles, signo de la presencia de Dios. 

Como siempre, la creación es testigo de la escena, de cómo su Señor ha resucitado de entre los muertos y se dispone a subir a los cielos.

De rodillas, María Magdalena, en representación de las mujeres que nunca le abandonaron. Ella no ha tardado en reconocerlo y quiere acercarse a Él, tocarle, exultante de gozo. Él le pide que no lo haga, puesto que aún no ha subido al Padre. 

Nada. Eso es lo que había en la tumba de Jesús. Y es precisamente ese «nada» lo que nos cambia la vida y da sentido a todo lo que ha pasado estos últimos días. Todo se ha cumplido. Quizá, el de Jesús sea el único sepulcro vacío del mundo, un sepulcro que no cumple la función para la que fue preparado: albergar el cuerpo de un difunto. Un sepulcro que cumple una misión mucho más importante: ¡hace que todo tenga sentido! 

Hoy celebramos la resurrección de Jesús. La fiesta más grande y hermosa de la Iglesia. Jesús vence a la muerte, al dolor, al mal. El bien vence, hay esperanza. Y es que la resurrección de Jesús nos conduce hacia una elección de vida sencilla pero completa, donde no hay cabida para el egoísmo y el odio.

Piensa en las veces que te han dado una gran noticia, en las veces que te has alegrado mucho por algo. ¿Lo has celebrado? La gran fiesta de los cristianos es esta. ¡Él vive! ¡Es la fiesta de la luz! ¡La celebración ha comenzado!