Mira detenidamente la escena de hoy. También esta hermosa pintura se encuentra en el lado derecho del crucero de la Basílica Inferior de San Francisco, en Asís, y es obra de los mismos autores: los hermanos Lorenzetti. ¡Es impresionante! Representa el camino de la cruz. 

El Viernes Santo es el día en que los cristianos miramos especialmente a la cruz, como se nos dirá tres veces en la celebración de la Pasión: Mirad el árbol de la cruz. Aunque más bien habría que decir que miramos al que abrazó la cruz, la llevó sobre sus hombros y se dejó clavar en ella, convirtiéndola en signo de salvación y de victoria. Por eso, en el centro de la escena y en primer plano está Jesús. Y la cruz detrás, como en un segundo plano. Una cruz sin Cristo es «masoquismo espiritual», dijo en una ocasión el papa Francisco. Sería una cruz sin amor y sin esperanza. ¡Algo terrible e insoportable!

Mirada indiferente

El cortejo sale lentamente de la ciudad de Jerusalén en dirección al Gólgota. La historia parece terminar como empezó: Jesús en su nacimiento «no encontró sitio en la posada» (Lc 2,7); en su muerte «será llevado fuera de la puerta» (Hb 13,12) de la ciudad de los hombres. En palabras del evangelista Juan: «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11)

Digo que la historia parece acabar de la misma manera que empezó, porque –para consuelo nuestro– Él no se cansa de insistir, de venir una y otra vez a nuestra vida, de llamar a nuestra casa: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Nosotros ¿le abriremos, le dejaremos entrar de verdad? 

 

El solemne cortejo está encabezado por los soldados que, con mirada desafiante, entre gritos y empujones, se dirigen sin compasión hacia los condenados a muerte. Cuántas veces nuestra mirada se muestra indiferente y muy poco compasiva hacia el que sufre, hacia el que es señalado, juzgado y condenado, hacia el hermano fracasado y abandonado a su suerte. 

Tras los soldados, los condenados al patíbulo: primero los dos malhechores semidesnudos –sin dignidad a los ojos del mundo–; después Jesús, revestido aún con la túnica púrpura, signo de su extraña realeza: un rey que va a ser crucificado. ¡Necedad, escándalo! 

El único que carga con su cruz, con mi cruz, con la del mundo entero, es Jesús. Y no sólo la carga. Fíjate en el detalle: más bien parece abrazarla, agarrándola fuerte. ¿Es una suposición o casualidad? ¿Es un recurso artístico? No lo sabemos, aunque no debemos olvidar que detrás de los pintores estaban los frailes… Lo cierto es que Jesús, en esta escena, está abrazando la cruz. Abrazar la cruz, elegir la cruz. ¡Qué fuerte! ¡Qué duro! ¡Qué gran misterio! 

 

Signo de amor y de vida

Hace unos días leí el testimonio de Águeda, una joven esposa y madre de familia enferma de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). Me conmovió profundamente y me dio luz para atisbar (¡entender es muy difícil!) este misterio que contemplamos en la escena de hoy. «Jesús –dice en su testimonio– no se resignó a morir en la cruz, se presentó voluntario y la eligió. Nadie me quita la vida sino que yo la entrego libremente (Jn 10,18). Y esto es lo que marca la diferencia. Este es el auténtico escándalo de la cruz –en tiempos de Jesús y ahora–, que eligiendo la cruz el mundo se transforma. Es cierto que el mundo no entiende este lenguaje, pero es que no hay que explicarlo, hay que vivirlo y eso es lo que acaba entendiéndose»

Cada Viernes Santo, la Iglesia nos recuerda que la cruz, gracias a Cristo, de ser instrumento de dolor, de derrota y de muerte, se transformará en signo de amor y de vida, capaz de cambiar el mundo y de ablandar los corazones.  

«Estoy ya –sigue diciendo Águeda – en una fase de mi ELA en que empiezo a tener demasiadas dificultades respiratorias, y cada vez más me conecto a la máquina BiPAP para poder aguantar; se acerca el día en que tenga que salir a la calle con la máquina a cuestas y me produce mucho rechazo… Pero ahí está mi oportunidad de no resignarme, sino de elegir esta cruz, y hacerlo con la cabeza alta, sin vergüenzas y complejos. Y ese gesto y manera de afrontarlo, también cambiará el mundo». Poco más que decir y sí mucho que considerar y orar. 

 

Abrazar nuestras cruces

Nuestra cruz no es la que desearíamos, sino la que se nos entrega en lo que somos, en nuestra historia con su peso de errores, pecado y debilidades. Cruz puede ser también nuestro cuerpo, nuestra naturaleza, nuestras limitaciones, defectos y enfermedades. Y es posible que pueda ser nuestro nombre, fama, imagen, destrezas o la expectación que otros tienen sobre nosotros. Como Jesús y, sobre todo, con Él, abracemos nuestra cruz o nuestras cruces, sabiendo que en nuestra vida no hay cruz, pequeña o grande, que el Señor no comparta con nosotros y quede sin fruto.  

Una última cosa. Detrás de Jesús están san Juan, santa María Magdalena y, sobre todo, su Madre, nuestra Madre. Junto a la cruz siempre está María, compartiendo nuestro dolor, sosteniendo nuestra confianza y custodiando nuestra esperanza. 

Al mirar esta imagen y entrar en el gran misterio que intenta reflejar, pidamos a san Francisco que resuene en nosotros lo mismo que resonaba en su corazón en este día: Sucedió por mí y para mi salvación… El Amor no es amado. Y no para caer en una culpabilidad malsana, sino para dejar que brote el agradecimiento y, al final, llenos de confianza, caigamos rendidos en adoración humilde: Te adoramos, Señor Jesucristo, aquí y en todas tus iglesias… pues por tu santa cruz redimiste al mundo.