Seguimos, Señor, en este camino pascual: hoy nos paramos a ver tu debilidad en Getsemaní, y con el Cirineo queremos acompañarte en tu subida al Calvario.

En Getsemaní sufres, hasta sudas sangre por mí, por mi vida. ¿Y yo? Quería acompañarte en la oración, en tu Getsemaní, y me he quedado dormido como los demás. Quería defenderte, y como los otros he salido huyendo. Te he dejado solo, quería decirte «sí» y te niego tantas veces. Muchas veces no te elijo, me elijo a mí mismo y me olvido de ti. Quiero estar a tu lado, acompañarte y cargar el duro madero. ¿Me doy cuenta de que todo esto es por mí?

Jesús, tú decides abrazar esa cruz, tú caminas con ella, la has elegido libremente, me llevas con ella y soy totalmente indiferente. Te has entregado por mí, y yo ¿voy a seguir igual?

Aquí estoy a los pies de tu cruz; después de los insultos, se ha hecho el silencio. Ayúdame a permanecer aquí, a darme cuenta de que, entregando tu vida, me das vida para siempre. Jesús, quiero besarte los pies, quiero quitarte la corona de espinas, no quiero que sufras. Me gustaría permanecer como tu Madre, llorar, consolarte y no dejarte solo, no abandonarte. Quiero ser también el discípulo amado, porque amar y ser amado es lo que Tú quieres enseñarme desde la cruz. 

Hoy también me muestras cuál tiene que ser mi actitud, cómo tengo que estar en la vida. Te van a matar, estás colgado de un madero y lo último que haces es perdonar al ladrón arrepentido. Señor, que no guarde rencor a nadie, que siempre perdone. Ayúdame a perdonar a todos lo que me han ofendido, a mí mismo también en tanto dolor que provoco. Jesús, que me dé cuenta de que la confesión es un empezar contigo de nuevo. Hoy vas a morir en la cruz, ¿quiero acabar mal contigo? Que aproveche cada momento para tenerte presente.

Gracias, Señor, porque con tu cruz nos has dado vida; gracias, Señor, porque con tu cruz nos has enseñado a dar la vida como un don; gracias porque con tu muerte descubrimos lo mucho que nos quieres; ¡gracias por tu amor hasta la cruz!