Señor Jesús, hoy celebramos tu muerte, tu entrega. Mueres Tú, el justo, para darnos vida en abundancia. ¡Qué gran cosa, Señor! Das tu vida para que aprendamos que solo muriendo resucitaremos, y que, dándonos, es como recibimos. La herida de tu muerte, Señor, es la herida de la entrega. ¡Qué alto precio has pagado por amarnos tan infinitamente!

Queremos, Señor Jesús, buscarte y encontrarte en el servicio y en la entrega. Queremos vivir y amar sin límites, como Tú. Queremos, Señor Jesús, mirar la cruz. Contemplar tu cruz. Adorar tu cruz. Tocar tu cruz. Besar tu cruz. 

Señor, enséñanos a no pasar inadvertidos ante otras cruces que se cruzan en nuestro camino. Tantas cruces rotas. Tantas cruces solas. Tantas cruces olvidadas. Que tu cruz, Señor, ilumine y dé sentido a otras cruces del mundo.

Señor Jesús, no te pido entender tanto amor. Solo te pido abrir un espacio de silencio y de adoración en lo más profundo de mi corazón. Danos, Señor, una mirada contemplativa. Una mirada que se deje vencer por tu misericordia. Una mirada que se vaya llenando poco a poco de lágrimas de compasión y de perdón.

Que, como san Francisco de Asís en el monte Alverna, seamos traspasados por los dardos amorosos de tu cruz.

Oramos con el himno de Laudes de hoy:

Cuerpo llagado de amores,
yo te adoro y yo te sigo;
yo, Señor de los señores,
quiero partir tus dolores
subiendo a la cruz contigo

Que no ame la poquedad
de cosas que van y vienen;
que adore la austeridad
de estos sentires que tienen
sabores de eternidad;

que sienta una dulce herida
de ansia de amor desmedida;
que ame tu ciencia y tu luz;
que vaya, en fin, por la vida
como tú estás en la cruz:

de sangre los pies cubiertos,
llagadas de amor las manos,
los ojos al mundo muertos
y los dos brazos abiertos
para todos mis hermanos.