Hoy, Viernes Santo, recordamos y celebramos la pasión y muerte de Jesús. Puede parecer una contradicción o un despropósito: «celebrar» el sufrimiento, la crueldad, la muerte violenta. Pero no lo es, porque la cruz de Jesús, como decíamos ayer, es la máxima expresión de su entrega y amor hasta el extremo, sin límites. El relato de la pasión y muerte de Jesús en el evangelio de Juan, que nos propone la liturgia de hoy, lo refleja muy bien. 


La cruz, revelación de la gloria y del amor de Dios 

En el evangelio de Juan toda la pasión está narrada en clave de exaltación y glorificación de Jesús. Su muerte, vista en profundidad, es su vuelta al Padre; es una victoria, y no una derrota. La cruz es más un trono que un patíbulo. 

Precisamente por eso, Juan no se detiene en aquellos elementos que podrían subrayar la humillación y el sufrimiento de Jesús. No refiere, por ejemplo, el episodio de la agonía de Getsemaní, con todo lo que esta implica: miedo, angustia, tristeza. 

En la escena del prendimiento en el huerto, en el evangelio de Juan, es Jesús quien sale al encuentro de quienes vienen a arrestarlo: «¿A quién buscáis?». Esta actitud subraya la libertad de su entrega: es Jesús quien da su vida, nadie se la quita (cf. Jn 10,18). Cuando Jesús dice a los soldados «Yo soy», estos caen por tierra: están más asustados los soldados que Jesús. La expresión «Yo soy» evoca el nombre divino (Ex 3,14: «Yo soy el que soy»). 

Juan omite también las burlas al pie de la cruz, así como las últimas palabras de Jesús en los evangelios de Marcos y Mateo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». En el evangelio de Juan, Jesús muere con un gesto de entrega confiada: «Sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido… inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,28-30). 

Juan no pretende escamotear los sufrimientos y humillaciones de Jesús en su pasión, para dejarnos así un retrato más glorioso. Juan es el evangelio de la glorificación de Jesús, es cierto; pero es también el evangelio de la encarnación: la gloria de Dios se ha revelado en la carne del hombre Jesús. 

La humillación y el sufrimiento de Jesús no ocultan la gloria de Dios, sino que la revelan. Es precisamente en la pasión y muerte de Jesús donde se revela el amor de Dios hasta el final. Por tanto, la gloria se revela no a pesar de la pasión, sino a través de ella y en ella. 


Las negaciones de Pedro 

Vamos a detenernos también hoy en el personaje de Pedro, que aparece en el relato de la pasión. Las negaciones de Pedro en el patio del sumo sacerdote es uno de los pasajes que aparecen en los cuatro evangelios. La tradición cristiana no ha querido olvidar ni borrar este episodio tan poco glorioso en la vida de quien habría de ser una de las columnas de la Iglesia naciente.

Mientras Jesús está dando su testimonio ante el sumo sacerdote en la sala del juicio, Pedro está dando su anti-testimonio fuera, en el patio. Dentro, el sumo sacerdote interroga a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le contesta: «Pregunta a los que me han oído» (Jn 18,21). Fuera, en ese mismo momento, su discípulo Pedro, el que lo ha oído, está negando cualquier tipo de relación con él. Y así traiciona su vocación principal de discípulo, que es dar testimonio: «También vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio» (Jn 15,27). 

Negando a Jesús, Pedro niega también su identidad como discípulo de Jesús. En las dos primeras negaciones Pedro repite «no soy», unas palabras cargadas de significado en el evangelio de Juan y que contrastan claramente con las que había pronunciado Jesús en el momento de su arresto en el huerto de los olivos, también dos veces: «Yo soy». 

Pedro, que no se deja servir ni amar (Jn 13: lavatorio de los pies), no ha adquirido aún la plena identidad de discípulo. Jesús se enfrenta a la pasión y a la muerte declarando ser lo que es: «Yo soy». Pedro, en cambio, pierde su identidad más auténtica, se va desdibujando como discípulo, se pierde: «No soy». 

Pedro ha renunciado a ser discípulo, pero ante Jesús no cabe la indiferencia. No hay zona intermedia entre la luz y las tinieblas, entre la libertad y la esclavitud. Pedro está ahora entre los siervos, mezclado con quienes habían ido a prender a Jesús, calentándose con ellos, porque hace frío (Jn 18,18). 

Se trata de otro dato, este del frío, que no es irrelevante en el simbolismo del evangelio de Juan: el frío, como la noche (cuando Judas sale del cenáculo para entregar a Jesús, el evangelista dice expresamente que era de noche: Jn 13,30), la tiniebla, el invierno, son símbolos de muerte. Lejos de la persona de Jesús solo hay frío, noche y tinieblas. No hay calor lejos de Jesús.