Hoy, Señor, empiezo este camino, este tiempo en que quiero conocerte y amarte, cada día, en cada paso que das, en cada peldaño de este triduo pascual que deseo vivir intensamente.

Vengo a ti este Jueves Santo en que te rindes para lavarme los pies, hoy que vienes a hacerte el último, enseñándome que solo perdiendo la vida conseguiré ganarla. Hoy, Señor, me dices con fuerza que, habiéndome amado ya, no dejas de amarme hasta el extremo.

Como Pedro, también te digo: «¿Lavarme los pies tú a mí?». Como los demás discípulos, aún no entiendo; como ellos, me quedo descolocado con tu humildad, pero tú me dices: «Lo que hago, lo comprenderás más tarde». Ayúdame a comprender, a entender que el amor es fruto del servicio. Amor que da la vida por los amigos. Señor Jesús, yo también quiero ser tu servidor, y servirte en lo que me toca: en mi familia, en mis estudios, en mis amigos… Ahí quiero servirte, haciéndome también el último, como Tú lo hiciste. ¡Ayúdame porque sé que solo no puedo!

También hoy vienes a mí con un regalo, hoy te regalas para siempre, Tú mismo, entero, en la eucaristía. Tan humilde que, siendo Maestro y Señor, vienes a esconderte en un pequeño trozo de pan. Jesús, quiero comprender que ese pan eres Tú, ayúdame a darme cuenta de que en la eucaristía me sientas a la mesa, como hoy con tus discípulos. Señor, es tu Cuerpo y tu Sangre, convierte mi corazón para que también se derrame por ti.

Gracias por tus sacerdotes, gracias por sus humildes manos que te hacen presente cada día. Ayúdales, dales fuerza y haz que nunca dejen de ser fiel testimonio tuyo. 

Haz, Señor, que nunca me reserve nada, te entregue todo, toda mi vida, todo mi ser, y amándote siempre en la eucaristía, no deje de servirte en mis hermanos.

Gracias, Jesús, por esta Semana Santa, por este empezar a caminar contigo, porque, agachándote a lavarme los pies, me has mostrado lo mucho que me amas.