La escena de hoy, primer día del Triduo Pascual, se encuentra en el lado izquierdo del crucero de la Basílica Inferior de San Francisco, en Asís. Es obra de dos grandes maestros de la pintura italiana del siglo XIV: los hermanos Pietro y Ambrogio Lorenzetti. ¡Es de una gran belleza! 

Representa la última cena de Cristo con sus discípulos, en la que nos dejó el sacramento de su Cuerpo y Sangre como memorial de su entrega por amor –eucaristía–, instituyó otro sacramento para prolongar en la historia sus signos salvadores –sacerdocio– y lavó los pies a los discípulos, confiándoles de parte del Padre un gran deseo: que el amor y el servicio fueran las señas de identidad de los cristianos –mandamiento del amor fraterno–. 

En torno a una mesa

Antes de su pasión, Jesús ha querido reunirse con sus más íntimos. Están todos. Bajo un precioso cielo estrellado, como aquel que contempló Abrahán cuando Dios hizo alianza con él (Gen 15,5), vemos una bonita sala llena de comensales y, al lado, una cocina (será una de las primeras veces que en el arte religioso se represente una escena tan familiar, tan casera). 

Entorno a una mesa redonda, los discípulos –menos Juan, que está reclinado sobre el pecho de Jesús, y Pedro, con barba blanca a la izquierda del Maestro, que tiene la cabeza agachada en actitud pensativa– se miran y hablan entre ellos, entre asombrados y confundidos. No acaban de entender qué está pasando: por qué les ha lavado los pies su Maestro como si fuera un siervo, por qué pronuncia palabras tan extrañas (esto es mi Cuerpo que se entrega… esta es mi Sangre que se derrama…), por qué habla de su muerte inminente, por qué el tono de su voz es tan grave y a ratos se entrecorta por la profunda emoción. 

No entienden, como nosotros tantas veces, aunque llevemos mucho tiempo con Jesús. Todo lo que hace es tan extraño, tan distinto de la lógica del mundo y de nuestra lógica. Y, sin embargo, nos atraen tanto sus palabras, sus gestos y esa manera de mirar, de vivir.   

 

En el centro de la mesa está Cristo, que parte y luego reparte el pan, que es su Cuerpo entregado, gesto que anticipa lo que ocurrirá de manera tremenda en la cruz. Fíjate a quien está dando primero el pan. Sí, has visto bien. ¡A Judas! Está sentado en el lado izquierdo (sin corona) como encogido por el miedo y los remordimientos, con el rostro desfigurado y oscurecido por la traición cometida hacia el amigo, hacia el Maestro (dirá el evangelista Juan que al salir del cenáculo «era de noche»). El pecado encoge el corazón, oscurece la mirada y desfigura la belleza con la que fuimos revestidos el día de nuestro bautismo. 

Fíjate cómo Judas extiende su mano para tomar el primer trozo. ¿Lo recibió? No lo sabemos. Pero sí podemos imaginar lo que pasó por su cabeza: «¿A mí? ¿Con lo que he hecho? ¿Con lo que voy a provocar? ¿Para mí el primer bocado, mojado en su mismo plato, reservado al predilecto, al más cercano?». Sí, para ti, Judas. Porque el Maestro no quiere que te pierdas sin remedio, que la culpa te aplaste y que la desesperación se apodere de ti. Porque nunca se da por vencido con nadie y su misericordia no tiene límites: así es su amor por nosotros, ¡hasta el extremo! 

Sólo el amor puede obrar ese milagro. Sólo el amor es más fuerte que la muerte. Sólo el amor es capaz de crear, de sacar vida de la muerte (cf. Kolbe). Pero el amor sólo puede ser acogido y recibido libremente. Y sabemos que Judas no lo hará. Pedro sí, entre lágrimas. Señor, que en mi pecado aprenda a dejarme mirar por ti con misericordia, como Pedro. 

 

Amor sin cálculos

El Jueves Santo es un día de mucho amor. Sin medida, sin cálculos. Amor que el Maestro nos ofrece para que podamos «querer con su mismo amor». Escuela donde aprender a servir, a entregar la vida, a querernos de verdad como hermanos, a perdonar sin cálculos. 

Un último detalle. La sala del banquete está abierta de par en par. Sí, para que puedas verla bien, incluso con detalle, pero también –y sobre todo– para que entres en ella, para que te sientes en esa mesa y seas testigo de lo que Jesús hizo y hará por ti, por tu amor, por tu salvación. Dirá san Francisco comentando el Padrenuestro: «Danos hoy nuestro pan de cada día, tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, dánosle hoy: para que recordemos, comprendamos y veneremos el amor que nos tuvo, y cuanto por nosotros dijo, hizo y padeció» (ParPN 6)