Señor, tú nos has convocado hoy, Jueves Santo, porque quieres reunirnos en torno a tu mesa. Tú eres nuestro Señor y nuestro Dios, y te quedas con nosotros de manera humilde y sencilla. Es un signo de amor entrañable, generoso, magnánimo y fuera de serie. Es la invitación a un banquete infinito de misericordia. Señor, a ti la gloria y el honor por los siglos.

Gracias, Jesús, porque en lo más pequeño has obrado lo más grande, y este misterio solo lo podemos entender si, como Tú, nos entregamos por entero y sin reservas a tus brazos amorosos.

Nunca en la historia de la humanidad se ha amado de tal manera y con tanta fuerza como en el primer Jueves Santo. Nunca se ha realizado un milagro tan grande como el de la eucaristía. Un misterio, Señor. 

Haz que nos escondamos en este misterio y lo saboreemos con gozo y agradecimiento. Haz, Señor, que, cada vez que me acerque a la eucaristía y el sacerdote me diga «el Cuerpo de Cristo», se estremezcan todas mis entrañas, tiemble el cielo y la tierra.

Gracias, Señor, porque cada Semana Santa nos sorprendes y «pasas» a nuestro lado. Porque nos invitas a buscar tu rostro en el servicio a los demás. A lavarnos los pies unos a otros.

Señor, el Miércoles de Ceniza inclinamos nuestra cabeza; hoy, Jueves Santo, inclinamos todo nuestro cuerpo y nuestro espíritu para ponernos al servicio de los demás, como Tú nos has enseñado. Solo inclinándonos para lavarnos los pies, seremos capaces de levantarnos y alimentarnos de Ti. Haz, Señor, que el servicio sea la mejor herramienta para crecer y transformar nuestro mundo.

Jueves Santo. Nos has regalado este día, Señor, como la mejor escuela para compartir y darnos.

Señor Jesús, haz que todos los días de nuestra vida sean un poquito «jueves santos», que nos acerquen a los hermanos y que nos acerquen a Ti.

Terminamos nuestra oración con las palabras de san Francisco de Asís sobre la eucaristía:

Mirad la humildad de Dios

y derramad ante Él vuestro corazón.

Mirad la humildad de Dios

y humillaos también vosotros.

Tiemble el hombre entero,

se estremezca el mundo y exulte el cielo

cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo,

se encuentra sobre el altar.

¡Oh, sublime humildad!

¡Oh, humilde sublimidad!

que el Señor del universo,

Dios e Hijo de Dios,

se humilla hasta el punto de esconderse

bajo una pequeña forma de pan

para nuestra salvación.