El Jueves Santo, sentados a la mesa del Señor, celebramos y actualizamos la última cena de Jesús con sus discípulos, recordamos precisamente la institución de la Eucaristía. Por eso hoy, como ningún otro día del año, la Eucaristía adquiere un significado especial. 

Ante su muerte inminente, Jesús se despide de los suyos. Y en la última cena, Jesús, que en medio de las dificultades y la adversidad se ha mantenido fiel a la voluntad del Padre hasta el final, se propone a los suyos como modelo de amor y de servicio. 

Vamos a detenernos ahora sencillamente en algunos detalles del evangelio de la liturgia de hoy (Jn 13,1-15). 

 

Jesús se quita el manto y se ciñe la toalla 

El capítulo 13 del evangelio de Juan comienza con una apertura solemne: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo… sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía…»

Es el momento de la glorificación de Jesús, de su vuelta al Padre. Pero toda esa solemnidad de la apertura desemboca paradójicamente en unas acciones corrientes e incluso triviales por parte de Jesús, gestos que tienen muy poco de glorioso: se levanta, se quita el manto, se ciñe una toalla, echa agua en una jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos. 

Esa era una tarea propia de los siervos y esclavos para con sus señores. Jesús cambia el manto por la toalla, se despoja del manto real y se ciñe la toalla del siervo. Esa es su gloria: el servicio hecho de pequeños gestos, callado, sin búsqueda de notoriedad, el amor que se entrega sin reservas y hasta las últimas consecuencias. Ya no hay amos y esclavos, señores y siervos, sino hermanos que se sientan juntos a la misma mesa. 

 

La reacción de Pedro 

El significado profundo del gesto de Jesús queda expresado muy bien en el diálogo que mantiene con Pedro, el personaje en el que vamos a detenernos ahora, y que volveremos a encontrar mañana en el relato de la pasión y el domingo de Pascua en el evangelio de la resurrección (Pedro será así un hilo conductor en nuestras reflexiones de estos días). 

Pedro no se deja lavar los pies: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?… No me lavarás los pies jamás». Llama a Jesús «Señor», un título de superioridad que contrasta con el gesto humilde de lavar los pies, servicio de un inferior. Ha comprendido que la acción de Jesús altera el orden de valores establecido: reconoce la diferencia entre Jesús y él y la subraya para mostrar su desaprobación; él, como los demás, tiene a Jesús por un mesías que debe ocupar el trono de Israel, por eso no acepta su servicio. 

Pedro no acepta en absoluto que Jesús se abaje, cada uno ha de ocupar su lugar. Defender el rango de otro es defender también el propio. No aceptar el gesto de Jesús significa no estar dispuesto a comportarse como él. Pedro conserva aún los principios y los criterios del «mundo». Por eso la actitud de Jesús lo desconcierta. Además, dejarse servir, dejarse amar, significa reconocerse necesitado, vulnerable, y no autosuficiente. 

«Si no dejas que te lave, no tienes parte conmigo», replica Jesús a Pedro. Dejarse lavar y servir hace posible que los discípulos reciban y asuman la herencia de Jesús. Pedro rechaza el gesto de Jesús porque, en definitiva, no acepta la salvación que viene de la entrega y el servicio, cuya máxima expresión es la cruz. 

 

Jesús, modelo de servicio y de amor 

El lavatorio de los pies termina con la instrucción de Jesús, que explica a los discípulos el significado de ese gesto: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros»

Si lo llaman «Señor», han de estar identificados con él; si lo llaman «Maestro», han de aprender de él. Los suyos han de actuar como él actúa. Y no basta una adhesión de palabra ni una proclamación solemne, las actitudes interiores se han de traducir en gestos concretos y elocuentes, como los de Jesús. 

La plenitud de vida está en el amor. Jesús quiere despejar el espejismo de felicidad que produce el poder: la salvación y la vida plena no pasan por el dominio, sino por la entrega, el servicio y el amor incondicional.