Fíjate en Jesús, cansado, portando la cruz por las calles de Jerusalén. Va vestido de rojo en señal de pasión. Le acompañan de cerca su Madre (de azul) y sus seres más queridos: Juan y algunas mujeres que le siguieron desde el principio. Son aquellos en los que el Señor depositó su confianza y que ahora no le fallan. La aureola les identifica como santos. Además, la creación, que tanto admiraba san Francisco y que es la manifestación más grande de Dios en la tierra, aparece de nuevo representada en esta pintura a través del cielo, los árboles y los animales. 

Aunque el Viernes Santo celebramos la muerte de Jesús, hoy no es un día para la tristeza. Debemos contemplar este día como lo que es: un gesto del inmenso amor que Dios nos tiene y que se manifiesta en la cruz. Jesús nos quiere tanto que sufre por nosotros y realiza el mayor de los esfuerzos, carga con el mayor de los dolores para que nosotros no tengamos que sufrirlo. 

Piensa que, cuando te sacrificas por alguien, realizas un esfuerzo por esa persona o renuncias a algo que te gusta para hacerla feliz. ¡Jesús hace lo mismo por nosotros! San Francisco lo sabía, estuvo atento y preparó su corazón para este momento, desde la pobreza y el amor a los demás. «Muriendo es como se resucita a la vida», dice la oración atribuida a él.

¿Estoy despierto y con todos mis sentidos alerta? ¿Tengo el corazón preparado? ¿Estoy atento a todo lo que Jesús quiere de mí? ¿Me pide que me sacrifique por algo o por alguien?