No llaman la atención a primera vista, pero ahí están, puedo verlas. La hermana luna y las estrellas no podían faltar en una noche como esta. La creación abraza el cenáculo, donde Jesús nos regala el mandamiento del amor, haciéndolo palpable con gestos que nos hablan de entrega, de servicio, de humildad.

Miro a las personas que aparecen en la imagen y reconozco a Jesús en el centro, rodeado de sus amigos. Parece que conversan animados, celebrando. Jesús, sin embargo, se muestra pensativo. Uno de sus amigos, Juan, el discípulo amado, también con semblante preocupado, se apoya en su hombro. Saben que lo que se acerca será difícil. 

Advierto también que uno de ellos no tiene halo de santidad, ese círculo de luz dorada que distingue a los verdaderos amigos de Jesús. Ahí está  Judas, el discípulo que pronto le traicionará.

Han pasado más de dos mil años, pero hay cosas que no cambian. ¡Qué bonito es compartir con los amigos! ¡Cuánto me gusta sentir su cercanía y su apoyo! Reunirme con ellos para celebrar es algo que hago en los momentos importantes de mi vida, y no hay mejor manera de hacerlo que alrededor de una mesa. 

Jesús lo sabía bien y así quiso hacerlo. Así, en torno a una mesa, nos anunció que se quedaría para siempre con nosotros, en ese pan que es Él mismo, que se parte y se reparte. En ese vino que es su propia sangre, que se derramará por amor a nosotros. Allí nos enseña que tenemos que amarnos como hermanos, hijos de un mismo Padre. 

En cada eucaristía, en la consagración, repetimos ese memorial de amor. Y en cada eucaristía, Él vuelve a hacerse presente en el pan y en el vino para repartirse de nuevo entre sus amigos, entre todos nosotros.

Jesús me invita a su cena: ¿acepto la invitación? ¿reconozco que los demás son mis hermanos, como me pide Jesús hoy, y como tan bien entendió san Francisco?