Era un día de fiesta, la Pascua judía, y Jesús se reunió con sus amigos, sabiendo que había llegado la hora de volver al Padre, después de haber amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo.

Antes de comenzar a cenar, Jesús tomó un lebrillo y una toalla y comenzó a lavar los pies a los discípulos. Aunque algunos no querían, les dijo que, si no se dejaban, no serían sus amigos. Al terminar de lavarles los pies, les dijo también que debían hacer lo mismo que él había hecho y ser servidores de todos; así todo el mundo iba a creer en Jesús.

Cuando ya estaban cenando, les pidió que prestaran mucha atención mientras tomaba el pan. Dando gracias a Dios, lo partió y lo pasó a sus amigos, diciéndoles: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». Luego tomó el vino y les dijo: «Esta es mi sangre, señal de la alianza nueva y eterna que será derramada por todos los hombres». Y comiendo todos del mismo pan y bebiendo del mismo vino, les dijo Jesús: «Haced esto en memoria mía».

Y así Jesús se quedó siempre con nosotros, presente en el pan y en el vino que compartimos en cada Eucaristía. Nos enseñó a estar siempre al servicio de los demás, especialmente del que más lo necesita, y que tenemos que amarnos como hermanos, hijos del mismo Padre, fruto del amor de Dios que nos perdona siempre.